viernes, 15 de marzo de 2013

¡Gorda! ¡Mono!




Me decía el otro día el hombre de mi vida que a él eso de que le llamaran maricón le daba lo mismo porque ni es homosexual ni le parece deshonroso que le confundan con uno. Vamos, que la elección sexual de cada quien no determina nada más que con quién se acuesta.

Esto venía a que, en no sé qué partido de fútbol, la afición de un equipo llamaba mono a un jugador del contrario. Mi chico dijo que no, hombre, que eso no se hacía. Le pregunté por qué.

- Hombre, porque es un insulto racista. Como es sudamericano...

- ¡Ah! –Dije.- ¿No se lo llaman por feo?- De verdad que el tío era de esos con la cara arrugada de la mala leche y ningún rasgo destacable. Al menos no durante los 90 minutos de juego. Que lo mismo luego el muchacho es guapete, pero con las carreras, los sudores y las tortas que se pegan los unos a los otros, pues en el campo no había por dónde cogerle, digo, mirarle.

Y ahí quedó la cosa.

Y desde ahí llegamos hasta aquí.

Insultamos con muy poca gracia, por lo general. Entiendo tras pensarlo que llamar mono a alguien para referirse a su procedencia es una falta de decencia. Porque identifica la nacionalidad que sea con un animal. Y no con cualquiera, sino con ese del que provenimos todos y al que situamos de manera más o menos consciente un peldaño por debajo de nosotros. O sea, que si llamas a alguien mono le llamas ser inferior poco o nada evolucionado. Y si se lo llamas a toda una nación o a todo un continente, pues reflejas un estadio mental muy próximo a la idiocia.

Sin embargo, más allá de la xenofobia, la homofobia, la misoginia y las injurias de carácter sexual (hijo de puta, puta, etc.),  nos tiramos a insultos zafios, vulgares, nada imaginativos y que, más que mostrar el desprecio que sentimos por aquellos a quienes los dirigimos, tienen como objetivo herir. Aunque lo peor de ellos no es lo que dicen de nosotros, sino el absurdo que suponen.

A mí me martirizó durante años que me llamaran: bocazas, gafosa y gorda. Siendo realista hay que admitir que me define mi incontinencia verbal. De hecho, ahora que me comunico más por internet que de viva voz, hay veces que tengo que hacer un ejercicio de contención atroz para no comentar hilos que ni me van ni me vienen. En ocasiones no soy capaz de controlarme y me veo borrando comentarios antes de que nadie los lea. Por otra parte, tiendo a meterme en conversaciones ajenas y a soltar por esta boquita lo que nadie me había pedido. Conclusión: un poco bocachancla sí que soy.

Llevé gafas hasta 2005. Por obra y gracia de la muerte de mi padre y de 1.800€ que pude gastarme porque los heredé, me operé los ojos y ya no las llevo. O sea, que sí: llevaba gafas. Llamarme gafotas, igual que llamarme bocazas, era una descripción realista.

GORDA.

Pues sí, fui una niña rolliza, una adolescente con sobrepeso (menos del que recuerdo, según se ve en mis fotos), una adulta con kilos de más. Llevo a dieta  desde los 16 años y aún no he solventado mi relación de la comida. Así que tres de tres: bocazas, gafotas y gorda.

Las tres cosas me las dijeron en el cole y se grabaron a fuego en mi pobre cabecita de niña sensible y acomplejada. Por fortuna, hoy soy una mujer un poco menos acomplejada y capaz de distinguir los hechos objetivos de sus implicaciones emocionales.

¿Dónde está el problema de que a un niño feo le llamen feo, a una niña desgarbada la llamen jirafa, a un niño gordo, le llamen gordo o a una niña con gafas de culo de vaso cegatona? Pues en que esos cuatro niños ya saben que no entran dentro del canon. Esos cuatro niños ya saben que son más diferentes que todos los demás. Y los insultos que abundan en las diferencias, identifican esas diferencias con inadecuación, con estar mal, con no ser como se debe ser.

Pero nosotros ya no somos niños. Somos adultos. Y los adultos tenemos la obligación de ser un poco más conscientes de lo que hacemos, de lo que decimos y de las consecuencias que hechos y palabras pueden tener.

Yo sé, porque cuando algo me afecta o me interesa procuro estudiar un poco, que una persona rara vez gana sobrepeso de manera gratuita. Los kilos te ocultan. Nada que explique de modo más gráfico lo que intento explicar que la típica frase que se dice al ver una fotografía actual de Maradona: ¿Quién es el de la foto? ¿El tío que se comió a Maradona?

Cuando engordas te escondes. Pones grasa de por medio entre el mundo, un lugar percibido como hostil, y tú. De hecho, cuando comes por ansiedad, por tristeza, por aburrimiento o por cualquier motivo que no sea hambre, estás rellenando tu cuerpo con cosas y evitas así pensar en aquello que tu cuerpo, que tú, necesitas de verdad. Cariño, por ejemplo. O cualquier otro tipo de alimento: intelectual, emocional, lo que sea.

Si repites la acción las veces necesarias, acallar tus apetitos a base de atiborrar a tu cuerpo de dulces o de patatas fritas se convierte en un hábito. Pierdes así el contacto con quien realmente eres y con tus verdaderas necesidades. Así las cosas, alcanzar la talla 50 es el menos de tus problemas. Sin embargo, la talla cincuenta se convierte en tu obsesión. Sí, no te engañes. No te ofuscas en el número 38 o en el 36, sino en el 50. Empiezas a creer que tu vida es horrible porque tú eres una talla cincuenta. Se te olvida que te has plantado en la cincuenta porque te has negado gran parte de todo aquello que necesitabas de verdad.

Entonces sales a la calle bien peinada, maquillada con gusto, vestida con ropa bonita que incluso te favorece y alguien, cualquiera, te llama gorda.  Más leña a la hoguera, una nueva vuelta a la noria, un nudo más para la soga. Input neutro (el hecho es que estás gorda) que tomas como negativo: estar gorda  es malo, eres mala. Eres mala luego no mereces nada bueno. No mereces nada bueno luego no te ofreces nada bueno. Solo te das cosas malas. Por ejemplo, bollos.

Es muy difícil romper hábitos autodestructivos y muy fácil colaborar a que se perpetúen.
Eso para empezar. Pero es que, además y sobre todo, insultar a otra persona habla fatal de quiénes somos en realidad. Implica que vemos una única faceta en los demás. Implica que no somos capaces de ofrecer argumentos para convencerla de nuestros puntos de vista o que carecemos del autocontrol necesario para abandonar una discusión que no llega a ningún lado. Insultar a los otros, reírse de ellos por sus particularidades, no les pone en evidencia a ellos, sino a nosotros.

Así que doce meses, doce causas. A partir de ahora nada de insultos. Veremos qué tal nos va.

1 comentario:

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