viernes, 15 de febrero de 2013

La mona y la seda




Casi nunca veo las noticias porque casi nunca encuentro en los noticiarios algo que despierte mi interés. De indignación, sorpresa y pena voy sobrada, eso sí. Sin embargo hace un par de días pillé de refilón una noticia extraña: Los restos momificados de Julia Pastrana, la mujer mono mexicana conocida por el sobrenombre de “La indescriptible”, habían sido inhumados por fin en su país natal.

Me interesan los freak shows. Me aterran, repugnan y despiertan mi curiosidad a partes iguales. Por supuesto, los que nos llegan con un tinte Vintage; o sea, descoloridos, teñidos de una pátina de principios del siglo XX, en el contexto de circos de los horrores que ya no existen, me gustan más. Porque las atrocidades de nuestros antepasados se contemplan con la misma distancia con la que se lee un buen libro. Por ejemplo, los campos de concentración, las casas para pobres de la Inglaterra victoriana o los circos que exhibían fenómenos humanos nos llegan desde detrás de un cristal rayado, opaco. Parece que no existieron porque no están lo bastante cerca de nosotros.

En realidad todo eso existió. Hay revisionistas del holocausto, lo cual es terrible porque significa que hay personas que se dedican a difundir la idea de que el genocidio cometido por los nazis nunca se cometió (el genocidio, los asesinatos sistematizados de enfermos mentales, homosexuales, ancianos, etc.). Sin embargo es muchísimo más terrible que Tim Burton haga Big Fish o que Carnivale, la serie de la HBO tenga el éxito que tuvo. Porque se llevan a la ficción realidades atroces. Sin filtro.

Me gustaría ver –seguro que lo hay y no me ha llegado, así que estaré encantada de que me instruyáis- un documental objetivo y humano acerca de estos circos, de estas caravanas de personas que no encontraron un lugar en su sociedad y que se juntaron bajo la dirección de otras personas que se beneficiaban de sus deformidades, de su mala suerte.

La mujer barbuda, el hombre más alto del mundo, las siamesas, John Merrick, Julia Pastrana, la mujer más gorda del mundo. Personas enfermas, repudiadas, maltratadas, exhibidas, humilladas. Que serían más o menos sensibles, más o menos inteligentes, pero sin duda humanos.

Miramos estos fenómenos y nos damos palmaditas en la espalda, pero no nos hemos librado ni de los freak shows, ni de los empresarios ni de nuestra naturaleza retorcida y cruel. El Cuñao, la Pozi, incluso esa señora escocesa que ganó un concurso de canto en Reino Unido. Continuamos mofándonos de quienes son diferentes. A Janis Joplin aún se la conoce como “la mujer más fea del campus”. Y hablamos de una mujer con un talento excepcional para la música. Sin olvidarnos de Lady Gaga que ha decidido explotarse a sí misma. Ya veremos en qué termina eso.

En cualquier caso, la diferencia nos atrae y nos repele al mismo tiempo. Apartamos a los que no parecen iguales que la mayoría de nosotros pero les buscamos en la televisión y los escenarios. No queremos que el tipo con labio leporino salga de copas con nosotros y procuramos que la chica del pelo grasiento se haga alguna limpieza para que no baje el caché de nuestro grupo. Pero escuchamos a Marilyn Manson, estamos al tanto del último aumento de pecho de quien corresponda, vemos Gran Hermano, esperamos con ansia el último descubrimiento de Cárdenas.

No sé si es que no nos damos cuenta de que los feos y los gordos son personas. Los ignorantes son personas, la gente que piensa de modo diferente también es humana, tiene sentimientos. Algunos llegarán por las noches a sus casas y llorarán. Porque no es culpa de nadie ser distinto. Es más, no debe ser obligatorio para nadie ser igual.

Hace un año, quizá más, Miguel Brau acudió a Sálvame Deluxe. Le habían citado a las cinco de la tarde. Ya había pasado por maquillaje y esperó en una salita hasta las dos de la mañana para salir a plató. Ahora que lo pienso creo que el programa era otro, aunque recuerdo que Jorge Javier Vázquez actuaba como presentador. La cuestión es que cuando por fin fue su turno, JJ le hizo varias preguntas. Todas en un tono distendido y ligeramente burlón que a mí me hicieron enrojecer de vergüenza ajena. Sin embargo, Brau contestó tan bien como fue capaz, salió del asunto con la dignidad más o menos intacta y luego se vino abajo: lloró.

- ¿Te has emocionado? –Detesto esa pregunta, esa manera de meter el dedo en la llaga. Si resulta obvio que al hombre se le caen las lágrimas como puños, joder. Déjale en paz.

- Sí.

- ¿Por qué?

- Porque me habéis tratado como una persona.

Tengo la sensación de haber escrito ya sobre esto. Si me repito imagino que se debe a que no lo he superado. No he superado el dolor de un hombre que acababa de confesar que se avergonzaba de sí mismo y que no estaba orgulloso de en qué se había convertido, que no sabía enfrentarse a su hijo pequeño. No he superado esa humillación ajena sentida como propia ante el cuestionario sarcástico de Jorge Javier que el entrevistado interpretó como respetuoso, o al menos neutro, y a mí me pareció cruel. No alcanzo a vislumbrar el modo en que suelen tratar las demás personas a Carmen de Mairena, que es Miguel Brau, para que el gracioso del JJ le pareciese una perita en dulce.

Nosotros, los iguales, podemos ser muy mezquinos con los que son diferentes. Como si fuese mérito nuestro haber nacido con los ojos grandes, la piel perfecta y un tamaño dentro del canon. Como si fuera obligación de los otros parecerse a nosotros. La única obligación del ser humano es vivir sin hacer daño a nadie de manera voluntaria. Vivir y procurarse tanta felicidad como sea capaz sin herir a otros en el intento. Ser rubio, moreno, flaco, bajito… todo eso es accesorio. Todo eso no influye en nada excepto en todo.

Me gustaría que eso no fuese así, pero lo es: cuando tratamos a una persona con media cara cubierta de vitiligo como a un monstruo de feria le preparamos para comportarse como uno. Si tratamos a un tartamudo como a un idiota porque se expresa más despacio y con más dificultades que los demás, le preparamos para que alcance niveles de excelencia inferiores. Y vendrán quienes opongan que el ser humano se crece ante las adversidades. Y contestaré a todos esos que se corten la cara y la adornen con una cicatriz de oreja a oreja para que puedan así desarrollar su encanto arrollador.

En cualquier caso, ya está todo dicho: dejemos de portarnos como si nuestra herencia genética fuese mérito o culpa propios. Dejemos de querer ser otras personas. Dediquemos toda esa energía a ser felices. Pero felices de verdad. Al menos intentémoslo. Y dejemos que los demás sean felices como les plazca. Creo que no hay mayor sabiduría que esa.


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