viernes, 1 de febrero de 2013

De aquí nadie sale vivo




Estoy bien. Con la moral alta, con muchas ganas de escribir y satisfecha de la mayor parte de lo que tengo.

Aún así esta no está siendo una buena semana: el cansancio acumulado, un resfriado nuevo y el invierno no ayudan a la recuperación del broncoespasmo. Además, hay un problema en el trabajo. Tengo por otra parte una situación familiar complicada que no va a resolverse ni siquiera a largo plazo y me comen las deudas.

Todo eso es a mi vida lo que el trasfondo a una novela. Para que nos entendamos: en términos de Ortega todo eso no soy yo, son mis circunstancias.

Son unas circunstancias adversas, pero mucho mejores que las de otras personas. Si, en el peor de los casos, me despiden y dejo de pagar mi casa, no me quedaré en la calle. Mi familia me sostendrá durante el tiempo que haga falta. Tengo dos manos que ya han realizado trabajos manuales antes y la firme disposición de gritarle al atardecer que no lograrán aplastarme.

Hay quien no podría apoyarse en nadie. Hay ancianos y niños viviendo en las calles, hombres y mujeres vencidos. El desánimo, la desesperanza, el aislamiento, la incapacidad para pedir ayuda y para ofrecerla están haciendo el mal muy por encima de los malvados a quienes ya hemos identificado. Y sin embargo la heroicidad de sonreírle al mal tiempo no es exigible. Tampoco son exigibles la caridad ni la compasión. Pero son necesarias.

Si pudiera grabar una máxima en todas las conciencias del mundo, incluso en la mía,  sería esta: de aquí nadie sale vivo. Con eso en mente quizá todos dedicásemos más esfuerzo a ser y menos a tener y parecer.

Muchos besos

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