jueves, 29 de noviembre de 2012

Partiempo - Para parar el tiempo




Es muy difícil escribir para niños.

¿Por qué? Os preguntáis mientras claváis vuestra pupila en mi Arial negra cuerpo doce. Si son pequeños, si no tienen criterio, si son inocentes y todo les sabrá a nuevo.

Veréis, cuando yo era pequeña leía con mucha más voracidad que ahora. Leía  a Enid Blyton con la misma devoción con la que despreciaba a Julio Verne. Comencé con cuentos troquelados de cuatro o cinco páginas, de aquellos que en la portada tenían un niño cabezón  y una pestaña que, si la estirabas, conseguías que se le movieran los ojos. Todo súper siniestro, pero a mí me encantaba. Luego me pasé a las ilustraciones de María Pascual y coleccioné sus “Cuentos azules”  con fervor. En una de ellas conocí “Piel de asno”.

De lo que huía como de la peste era de esa literatura creada con el único fin de que yo fuera una buena niña. Yo ya era una buena niña. De hecho lo sigo siendo, y así me ponen los huevos las gallinas. Y los niños de hoy en día, incluso aquellos cuyos padres dicen que son muy buenecitos, piensan como pensaba yo: “Tío, yo leo lo que se tercie, pero no intentes colarme una lección de nada porque te veo venir. Y que sepas que me como el puré de verduras porque tengo hambre, no porque me lo disfraces ni porque me hagas el avión”.
Así que, sí: es difícil escribir nada en general que vaya dirigido a alguien por debajo de los 18 años. Para la frontera de los catorce es una tortura: ¿Alguno se acuerda de lo que sentía a los 9, a los 12, a los 17 años? Yo sí. Yo me sentía rara, fea, sola, triste. Buscaba cualquier modo de evasión, el que fuera. Salí de Los cinco creyendo que la amistad existía aunque yo no la viviera (y mucho más tarde descubrí que sí, que existe); llegué a Tolkien como un náufrago a una isla y aterricé en Stephen King como en un colchón de plumas: ¿Qué yo era rara? Raros eran aquellos personajes que se empeñaban en portarse como si no pasara nada.

Leía historias de freaks y me quedé con aquello de que igual había más bichos inadaptados por el mundo de lo que yo creía. Luego aparecieron Poe y Kafka, Camus, Sartre…

Y hace unos meses alguien me dijo que si quería colaborar en un libro para niños. Yo, que soy como la policía de Nueva York en un mal día, disparé primero y pregunté después:

- Sí, sí, síiiiiiiiiiiiiiiii
- ¿Y esto para qué es?

Bueno, pues “esto” es un libro de cuentos infantiles-juveniles cuya misión es colaborar con ASION, una asociación de padres y madres con hijos enfermos de cáncer que ayuda a otras familias a superar esa situación.

Encantada con la respuesta que me dieron: más que pedirme el favor de escribir algo me daban la oportunidad de HACER algo;  el siguiente paso fue sentarme ante el PC y poner cara de imbécil.

Imbécil, porque ¿qué tenía yo que contarle a un niño? Yo, que creo que la vida es una putada y no un regalo; yo, que cada semana tengo que darle un manotazo a la idea de bajarme del mundo. Yo, que no sé crear entornos felices, ni payasos que hagan gracia, ni mundos de ilusión, ni NADA de lo que a mí me gustaba leer cuando era una niña. A ver ¿Qué les contaba yo a esos chavales que me mandarían a freír monas en cuanto me vieran el plumero?

Pues lo que le cuento siempre a todo el mundo: la verdad. Con esa única premisa escribí : El torneo de ajedrez. Y resultó que me salieron unos duendes la mar de majetes que ilustró Jesús Guzmán.

No sé cómo se enfrentaron al reto mis compañeros, pero os aseguro que es un reto escribir para niños. Exige mucha más honestidad que hacerlo para adultos, exige un ejercicio de memoria y de empatía con la niña que fuiste que te deja un poco en pañales.

Y aun así, da igual.

No voy a pediros que compréis el libro porque haya llevado mucho trabajo escribirlo, porque me haya sentido desnuda frente a mis recuerdos ni porque la navidad sea una época de dar y compartir. Os voy a pedir que lo compréis porque merece la pena. Porque esos 2.68€ van a ayudar a familias enteras a sobrevivir. Y porque es un buen libro, lleno de historias que disfrutaréis vosotros y que disfrutarán los niños y niñas a quienes se las regaléis.

Esas son las dos únicas razones que puedo dar, sin ruborizarme, para vender este libro: que es un buen producto y que colaboraréis a que se evite algún divorcio, o a que el hermano de algún niño enfermo desarrolle algún trauma. Los enfermos sufren mucho, pero no son los únicos. Las enfermedades crean tensiones en las familias, se generan gastos que no todo el mundo puede asumir.

Con la recaudación de las ventas de Paratiempo, esperamos contribuir a que esas familias puedan dar a sus hijos enfermos toda la atención y el cariño que necesitan. Un euro destinado a una factura es un euro menos por el que tendrán que preocuparse.

Y solo por eso merece la pena mi cara de imbécil.

Los compañeros con los que me embarqué en esta aventura son estos:

Ramón Cerda, Anabel Botella, Laura López Alfranca, Helena García, Carlos del B. Iglesias, Ximo Soler y Eleazar Herrera a la pluma.

Gustavo Raga, Judith Lloret, Jesús Guzmán, Pablo Gómez Vidal y Montero Ars a los colores.
Asimismo cuenta con el prólogo de J.J Vaquero y el apoyo gráfico de Luis Porteiro.

Y el libro de puede comprar aquí.

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