viernes, 2 de noviembre de 2012

DEABRU



Amazon os da tres páginas para que decidáis. Como me parece poco, yo os doy las primeras siete. Disfrutad. En pocos días os llegará una escandalosa noticia :)
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DEABRU


- No puede quedarse.

Amelia abrió los ojos como platos detrás de las gafas. Todas sus aprensiones cobraron realidad con esa frase. Todas sus precauciones tomaron sentido en ese mismo momento.

- Espere, -jadeó- tengo la confirmación de la reserva. Le pedí a una compañera que la imprimiera.

- No puede ser.- La mujer estaba decidida a echarla, pero ella no se marcharía. Sin necesidad de revolver en la mochila porque sabía con la precisión de un delineante donde había guardado cada cosa, sacó un folio doblado por la mitad. Lo exhibió bajo la nariz de la otra mujer, al menos diez centímetros más alta, como si ostentase un lacre de la casa real. Agradeció que, por una vez, no le temblase el pulso.

- Esta es la confirmación. Pagué con tarjeta.

- Le digo que lo siento.- Ni siquiera miró el papel.-  Alguien ha metido la pata. Le haré un reembolso…- Se interrumpió al ver que Amelia negaba con la cabeza.

- No, no. No lo entiende. Tengo sesenta y cinco años, he conducido cinco horas desde Madrid. No quiero un reembolso. Quiero descansar.

Porque lo necesitaba. Por mucho que una vez en el norte se hubiera reducido el número de conductores, los problemas del viaje no habían desparecido. Mientras se multiplicaban las curvas, la luz y la señalización sufrieron el efecto contrario, como en una ecuación (lo que multiplica pasa dividiendo, lo que divide pasa multiplicando. Aún así, el depósito rebosaba y los pinos americanos que habían sustituido a los robles autóctonos se las apañaban bastante bien para crear un bonito paisaje. Una especie de telón de un verde muy oscuro interrumpido por prados de hierba alta a la que apetecía dar un buen mordisco Aunque ella no era una vaca, claro. Mientras escudriñaba más allá del parabrisas en busca de un cartel con el nombre adecuado, recitó de memoria los versos de la diosa. No prestó atención a las palabras, se limitó a pronunciarlas una y otra vez hasta que la cadencia de la rima la devolvió a la carretera. Repetir pasajes memorizados como un papagayo la relajaba. Ése, de hecho, lo recordaba sílaba a sílaba después de haberlo anotado una única vez en su libreta rosa. Cuando repetía lo aprendido en su cabeza no había espacio para nada más. Había quien se lo envidiaba. Ella se alegraba, en ese momento, de que no le permitiera preocuparse de la poca visibilidad ni del dolor de lumbares que la atenazaba a pesar de que había practicado sus estiramientos antes de salir y en todas las paradas.
Al salir de la última curva descubrió cómo la falda de la montaña se convertía en un acantilado. Allí mismo la sorprendió el mar. Justo como le habían explicado en la última estación de servicio: el monte que reflejaba todos los tonos de gris en la cumbre y los de verde en el centro, una carretera de dos carriles apenas transitada que partía el paisaje en dos. Y el mar. De no ser por el asfalto, una pelota de playa rodaría sin obstáculos desde la cumbre del monte hasta el agua salada. No había praderas ni apenas un bosque de verdad en aquel lugar, solo los riscos y las olas que batían: blanco sobre cobalto.

- Eso sí –añadió el dependiente.- Una vez visto eso, ya se puede dar la vuelta. Allí no hay ya  ni gente.
No contestó.

En fin – se corrigió él.- Alguno quedará, digo yo. Pero ya no es lo que era. – Amelia no le interrumpió. Soportaría su cháchara como habría soportado un chaparrón y se marcharía. Que no pudiera acusarla de malos modos; eso era lo único que importaba. Si controlaba los nervios es que no estaba tan mal. Si no sufría un arrebato significaría que aún había remedio. Observó cómo se limpiaba las manos en un montón de papel desechable que había arrancado de un rollo. Tanto como si quisiera fabricarse un disfraz de momia.

- Antes – continuó- siempre estaba de bote en bote. Y cuando digo antes, me refiero a hace mucho tiempo. – Tiró el papel en un contenedor y se frotó las manos en los fondillos de los pantalones.- O eso dicen. Mi abuelo, que está más para allá que para acá. – Sus ojos se tropezaron por accidente y eso bastó al empleado para seguir con lo suyo –. Ya sabe como se ponen los abuelos con sus historias; que si mi bisabuelo había oído, que si su abuelo le contó, que si nada es como era entonces…. Por lo visto lo comparaban con Donosti; pero ya le digo que ahora mismo quedarán cuatro gatos. Yo tiraría para Zarauz o Getaria.

Se la quedó mirando con tanta insistencia que no tuvo otro remedio que contestar.

- Muchas gracias. Lo pensaré por el camino.

- No le queda mucho hasta el desvío. Decídase pronto.

En esa ocasión recitó el párrafo más de treinta veces. Hasta que recuperó la calma y comprobó que el retrovisor no le devolvía la mirada de una loca furiosa rodeada de patas de gallo.

Cuando por fin volvió en sí no podía quitarse de la cabeza la idea de que habría perdido la reserva. Por teléfono, unas semanas antes, la habían asegurado que en esas fechas no habría problema, pero Amelia procuraba seguir a rajatabla algunas reglas cuando salía de vacaciones: lleva el coche al taller un par de días antes, reserva alojamiento con tiempo y nunca te fíes de lo que no esté escrito. En el trabajo había oído historias poco agradables de compañeras que se habían quedado sin habitación por no haber cumplido con los horarios de entrada y salida de los hoteles. Algunas incluso habían perdido el dinero de la señal. Amelia fingía ponerse de su parte cuando llegaban con las quejas correspondientes. Siempre de mal humor, con palabras malsonantes y culpando a otros de algo que a ella misma nunca le había sucedido. Por supuesto, no había conseguido que Raquel hiciese suya aquella manera de conducirse. De otro modo no la habría sorprendido en mitad de una discusión con la telefonista de la clínica.
Por fin apareció el cartel blanco en forma de flecha que señalaba Deabru a tres kilómetros a la derecha; echó un vistazo rápido al reloj digital que había colocado ella misma en el salpicadero unos años antes y se felicitó en silencio por una nueva misión cumplida. Sin prestar demasiada atención mientras lo hacía, bendijo la señal reflectante que la había distraído de sus pensamientos.

La mujer que la recibió con aquellos malos modos llevaba el pelo recogido en un moño bajo, vestía un traje típico de pescadora vasca con falda azul marino, blusa blanca,  chaleco negro de cuerdas, calcetín grueso e incluso abarcas de piel gastadas por el uso.  A Amelia le pareció idéntico al que había visto en un vídeo de bailes típicos en internet. Salvo que los de las chicas del grupo de danza se veían nuevos, los colores brillantes y las telas modernas.  Las prendas de la posadera parecían las de una pescadora real, como si el salitre las hubiese raído. Sin embargo, por mucho que la miraba, no descubrió ni una costura fuera de sitio, ni un remiendo. Se trataba de un traje avejentado perfecto.

Tras el primer encontronazo Amelia sintió el peso de las cinco horas sobre cada fibra de su cuerpo. Le dolían las corvas como si aún no se hubiera despegado del asiento del conductor. A saber en qué momento había perdido toda aquella elasticidad. No se había dado cuenta de lo cansada que estaba hasta que lo dijo en voz alta. Cuando, a pesar de lo encendido de su rostro de campesina y la frustración que mostraban sus labios fruncidos, pareció que la mujer de recepción no replicaría más, preguntó a qué hora se servía el desayuno y comenzó un ascenso lento y trabajoso por las escaleras.

- Aunque…

Se volvió con cierto fastidio.

- ¿Si?- No bajó el par de escalones que había subido. No estaba dispuesta a dejar que las rodillas se unieran al coro de quejas que calentaba las cuerdas vocales dentro de su cuerpo antes de la función principal.

- Desayunará sola. Lo dejaré todo preparado, pero no creo que mañana vaya a haber nadie por aquí.

- De acuerdo-. Encogió el cuello entre los hombros y continuó su camino.  Aquella era su vida.

Colocó la ropa de deporte dentro de un armario sin patas de un solo cuerpo, las zapatillas de paseo encontraron su lugar debajo de la única mesilla, llenó la repisa del baño con pequeños frascos de remedios homeopáticos, puso el cepillo de dientes dentro de un vaso de cristal grueso junto con el dentífrico, distribuyó las cremas hidratantes, nutritivas y limpiadoras sobre la cisterna, las reordenó varias veces como si de verdad tuviese para ella alguna importancia que los potes respondiesen a una secuencia determinada, pasó el índice por el borde del lavabo, se sentó sobre el retrete, admiró la cantidad de luz que daba la solitaria bombilla pelona que colgaba de un cable en mitad del techo, se sorprendió de que no la hubiese derrotado el sueño cuando unos minutos antes apenas era capaz de mantener los ojos abiertos, se deshizo el moño, colgó su collas de cuentas transparentes del espejo, salió del aseo, retiró de la cama un cobertor que parecía hecho a mano, se puso el pijama, se cubrió hasta la barbilla con una sábana blanca de aroma desconocido y cerró los párpados.

Se despertó en medio de la calma de siempre. Conocía tanto su sueño que ya no se sobresaltaba: los ojos se le abrían para salvarla de lo que sucedía en él, pero ya no se incorporaba en un mar de temblores. Permaneció bajo la sábana contando sus pulsaciones mientras repasaba los detalles de la pesadilla: la iluminación blanquecina del quirófano donde nació Raquel, el dolor desgarrador de la última contracción, eterna; los gritos de la comadrona, las manos inseguras del doctor, los fluídos que corrían entre sus piernas; más gritos, gritos de otros. Ella se mordía los labios y la boca le sabía salada, a hierro, a sangre. Debía de haber sangre por todas partes, pero en el sueño no la veía. Solo sentía los dedos del médico que la manipulaban con torpeza, el latigazo incesante de sus músculos, la humedad viscosa hasta que, de repente, nada. Todos se callaban, el dolor desaparecía, el fragor se detenía, la garganta se le llenaba de lágrimas y despertaba antes de que le dieran la noticia. Porque en realidad Raquel no había muerto.

No había vuelto a soñarlo hasta que su hija le habló de aborto incluso antes de decirla que estaba embarazada. En cuanto enfocó la vista echó mano de los Episodios Nacionales. Galdós siempre se las había apañado estupendamente para mantenerla ocupada. Más o menos en el momento en el que el Santísima Trinidad sucumbió a los elementos, se quedó dormida. No volvió a soñar.
Por la mañana compartió el comedor con una niña preciosa de mofletes enrojecidos que mojaba magdalenas en un vaso de leche blanca. Se sirvió un café casi negro que había olido ya desde la puerta y mordisqueó con desgana un sobao sin duda artesano. Conservaba los riñones doloridos y el mal cuerpo tras la pesadilla.

La posadera hizo honor a su advertencia: no hubo señal de adulto responsable alguno, así que Amelia supuso que el precio del alojamiento y desayuno que había pagado incluía magdalenas, sobaos, leche, café y azúcar. Todo ello dispuesto sobre un mantel de cuadros que parecía tan antiguo y tan bien conservado como las ropas de su anfitriona, y como su moño, si lo pensaba con cuidado. Un buen detalle para darlo cuando volviese al trabajo el lunes. Aquella posada, escribió tras darle un sorbo al café, le daba un nuevo significado al término vintage. Incluso la cría llevaba el pelo dorado sujeto con una cinta negra de tela basta en lugar de con una goma.  Tenía un cabello tan bonito como el de Raquel. Quizá hasta más.

- ¿No tienes clase?

Su propia voz la hizo sentir incómoda en medio del silencio del comedor, aunque no menos que la mirada impávida de la niña que, muda como una tumba, se levantó en cuanto no quedó en su vaso más líquido que las magdalenas pudieran absorber. Se llevó la vajilla, limpió su mantel con la palma de la mano, con mucho cuidado de que las migas no cayesen en el suelo de piedra y se despidió con un gesto de cabeza antes de salir de la habitación. Parecía una vasquita en miniatura con su traje de faena típico.

- Se han enfadado contigo ¿sabes?

A  Amelia se le derramó el café sobre lo escrito. Ver cómo la mancha de color marrón claro se extendía sobre las páginas claras la dejó fuera de combate. Se aclaró la garganta antes de hablar, pero aun así el sonido que emitió se pareció más al gemido agónico de un animal que a su propia voz.
- ¿Me has asustado adrede?

La coleta rubia y su lazo negro se convulsionaban al mismo ritmo espasmódico que los hombros de la vasquita, que se sujetaba el estómago con la mano libre crispada por la risa. Igualito que su hija cuando la sacaba de quicio.

- Lo siento –jadeó.- Solo quería advertirte.

- No deberías asustar así a la gente.

- Es divertido.

- Ya me lo imagino, ya…

- También están enfadados conmigo.

- ¿Quiénes? ¿Los dueños del hotel?

- Sí…

- No te preocupes por mí, no pueden echarme.

- Lo tienes todo pagado ¿verdad?

- Verdad.- Era una niña muy lista. Lástima que no tuviera medida: decía lo primero que se le pasaba por la cabeza. O lo hacía. Igualito que su hija.

- Pero ¿Tú no tienes clase? Antes no me has contestado.

- No, no tengo. Pero me voy corriendo. No quieren que hable con los clientes.

Así, con un guiño, la pequeña se dio la vuelta y desapareció en medio de un revoloteo de puntillas blancas. De vuelta a los restos de su desayuno, Amelia recuperó una mueca de disgusto cuando se encontró con la sombra de café sobre su libreta. No quiso darle más vueltas. No había servido de nada con las trastadas de Raquel, mucho menos con aquella chiquilla disfrazada a la que ni siquiera podía regañar. Pasó una servilleta sobre las hojas maltratadas, retiró el mantel para hacerse un hueco donde trabajar, dio la vuelta al cuadernillo y comenzó con su fin de semana. En la parte de atrás había escrito una lista: la iglesia, la plaza del ayuntamiento, el puerto, la playa, un restaurante local, quizá un centro de interpretación o una casa de cultura.   
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