martes, 30 de octubre de 2012

Espacio vacío




Me vais a permitir que me ponga un poco sentimental y un poco mística. Me lo vais a permitir, sobre todo, porque yo estoy en mi casa, en el sofá, escribiendo con un bolígrafo de tinta verde en un cuaderno de anillas mientras el Real Madrid juega contra el Celta. O sea, que me lo vais a permitir porque no podéis  impedirlo.

¿Qué es escribir?

Depende.

Como casi todo en la vida y en el mundo. Depende de quién escriba y de qué y de cuándo y de para qué. Porque no es lo mismo que un enamorado vacíe su glándula de los sentimientos sobre unas páginas que llegarán o no a manos de su destinatario y que un contable presionado por su jefa escriba un procedimiento de contabilización de inmovilizado. Aunque el enamorado sea contable y el objeto de su amor sea esa jefa. Esas dos acciones tampoco se parecen en nada a cuando alguien tiene una idea tan peregrina que no sabe qué hacer con ella y se la cuenta aun papel. Por ejemplo, esa jefa exigente que tampoco es feliz en su trabajo y que disfruta convirtiendo a sus colaboradores en zombies comecerebros, en expedicionarios espaciales o en pobladores de aldeas remotas en remotos lugares,

No. Ninguan de esas tres cosas (la carta de amor, el informe y el relato de ficción) tiene nada que ver con las otras dos.

¡Falso! De todo punto falso. Pensadlo con cuidado y seguro que lo veis. Hay un verbo, diferente de escribir, que describe las tres acciones.

Os contaré cómo lo descubrí yo hace unos días a las cinco de la mañana. Para empezar os diré que suelo levantarme a las siete y veinte para llegara a la oficina a las nueve. Pero aquel día no podía dormir. Imagino que porque la noche anterior estaba tan cansada que me acosté demasiado temprano. El cuerpo se acostumbra a lo que le echen, así que tras seis horas de sueño reparador dijo que ya había tenido suficiente y me sacó de la cama. Como, además, de vez en cuando leo algún artículo online de los que recomiendan empezar el día dos horas antes que el resto para ganar calidad de vida, energía y vitalidad, me dije que aquel era un buen momento para comprobar la veracidad de la receta.
O sea, que no tenía sueño y me levanté. Lo que sí tenía era un cuento, el que sale este Halloween para que lo tengáis también vosotros- a medias. Me hice un café que evitara una pájara a medio camino, me fui al salón y ¡Zas! Me puse a escribir.

No descarto que fuese efecto de la noche, que ya no levanta hasta las ocho de la mañana; de los gatos que no paraban quietos, del café caliente intensidad diez o de usar un rotulador rojo de punta fina para contar mi historia, pero vi lo que estaba pasando: en mi cabeza se formaban imágenes que antes no estaban en ningún sitio, mi cerebro las registraba y, sin pensarlo mucho, mis mano las estampaba en el papel.

Así de simple: una idea inicial, una imagen y su transcripción en palabras. Una idea, unas palabras. Y una hoja de papel llena de trazos que antes no existían.

La hoja estaba vacía y después estaba llena.

Eso es escribir: llenar un espacio vacío. Poner algo en un sitio en el que no había nada. Eso es lo que tienen en común un escritor, un enamorado y un redactor de informes.

Se ve muy claro –o eso espero- en el caso del escritor. Nosotros imaginamos historias completas, pintamos personajes más o menos reales, paisajes… Es un proceso precioso. En serio, precioso como una perla perfecta. Si tienes la suerte de verte a ti mismo desde arriba, de ver cómo aquella idea inicial va tomando forma, de asistir al modo en que una mujer que podría ser cualquiera se convierte en Amelia, una señora de sesenta y cinco años, con problemas para aceptar su propia personalidad; si tienes la inmensa suerte de asistir a la transformación de “un paisaje idílico apartado” en un prado sobre una colina suave junto al mar, coronada por un caserío antiguo, bien conservado, con el balcón lleno de ristras de pimientos puestos a secar y un banco de piedra pulida por el uso junto a la puerta; si tienes la suerte de presenciar cómo sucede eso, entonces tienes mucha suerte.
Eso, precisamente eso, es escribir.

3 comentarios:

  1. Así que ya te has echo amiguita de la inspiración? Me ha encantado la entrada. Escribir para llenar un espacio vacío. Interesante pensamiento. ¿Vacío físico o emocional? Pienso que escribiendo llenamos muchos de nuestros agujeros internos. Sensacional como siempre. Un beso enorme!!

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  2. Y pensar que muchos de los que se llaman "literatos" dirían de nosotros y en plan de insulto que solo somos unos "juntaletras". Sin embargo, me quedo con lo escrito (o descrito) por ti; "Escritores rellena vacíos". Sí, me gusta más que "juntaletras" Dónde va a parar.

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  3. Que digan lo que quieran, Frank.
    Cuando aprendamos que no importa lo que digan tendremos el cielo (en la Tierra) ganado.

    Gracias por pasarte ^^

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