miércoles, 26 de septiembre de 2012

Llueve

puente de deusto




Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve.

Está lloviendo hoy, el cielo está gris.

La lluvia no moja nuestro amor cuando tú estás aquí.

Y llovía, llovía.

Rain, no sé qué de your  fingertips


Y cientos, quizá miles de canciones más que hablan de la lluvia. La lluvia. Como empieza a ser costumbre, me toca empezar la frase con “hace muchos años”, así que ahí va: Hace muchos años que verbalicé por primera vez que me gustaba la lluvia. Llovía mientras cruzaba el puente de Deusto de vuelta a casa. Caminaba con una amiga que se diluyó (o yo me diluí) y a la que guardé rencor durante algún tiempo pero a quien hoy recuerdo con cariño.



En Bilbao llovía a menudo. Los inviernos se distinguían de otros inviernos de mi vida por el viento, el sirimiri y una humedad insoportable que hacía que el frío se te metiera hasta en la pituitaria. Todo eso se incrementaba en un mil por cien a la hora de cruzar el puente. El puente que te dejaba fuera de un examen si tenía la mala idea de abrirse para que un barco pasara por debajo. Entonces no estaba construida la pasarela al Guggenheim. De hecho yo vi crecer el museo desde la primera piedra. Así de vieja soy.

El día que le dije a mi amiga que la lluvia me gustaba nos cruzamos con (es posible que no fuera ese día, lo confieso. Sin embargo conservo el recuerdo de bailar bajo la lluvia y sobre el puente maldito inextricablemente ligado a este otro que escribo ahora) con una pareja de curas disfrazados de curas. Y mira que encontrar curas en Deusto debía de ser sencillo, pero estos iban con sus sotanas negras hasta el suelo, sus alzacuellos, su pelo aplastado. Eran curas sobreactuados. Unos pasos más allá, sin tiempo de habernos recuperado de los disfraces de cura de aquellos sacerdotes auténticos, nos encontramos con un grupo de marineros disfrazados de marineros. Eran chicos morenos y bajitos con rasgos sudamericanos. Uno de ellos guapo, muy guapo. Todos vestidos de blanco con chaquetas de botones dorados y gorras de plato. Marinos de bonito.

Mi amiga y yo, era verano, nos miramos; es posible que ella sonriera, porque sonreía mucho y que yo me sintiera extraña, porque me sentía extraña a menudo. Nos miramos, no dijimos nada y esa tarde nos escribimos. En aquella época, eran los noventa, intercambiaba correspondencia diaria con muchos de mis amigos. En aquella época mi relación con la literatura era… diferente a la que tengo hoy, digámoslo así.

Para empezar, como quería formar parte a toda costa del grupo de gente con ínfulas intelectuales y literarias de la universidad, lo juzgaba todo. No sé muy bien con qué criterio; con alguno que no era mío, seguro, porque no creo que tuviera un criterio a una edad en la que mis formación se reducía a algunos libros de Stephen King, toda la colección de Los Cinco, de Enyd Byton, tres o cuatro clásicos escogidos al azar, los comics de Esther y su mundo y muy muy poco más.  Digo en mi descargo que aprendo rápido y que durante los años en que debí estudiar derecho durante 4 horas diarias, empleé muchas más en empollarme a los existencialistas franceses, a Henry Miller, a Marguerite Duras, a Juan Rulfo, a los del realismo mágico y a algunos españoles del 98 con los que todavía disfruto.

20 añitos, un diario de 8 de antigüedad, cuatro cuentos pésimos o peores y la necesidad de ganar el premio Goncourt  sostenían mi ambición literaria. Y con eso me permitía juzgar TODO lo que caía en mis manos. Advierto además que no era una chica benévola. Tomaba un libro, lo abría por la primera página y, si el párrafo inicial no me convencía, lo que solía pasar con cierta frecuencia porque, no nos engañemos, no hay muchos primeros párrafos sublimes, el libro se quedaba en su estantería y yo echaba pestes de él como si me lo hubiera estudiado.

Anoche me despertó la lluvia. Pensé que se me iba a estropear la bici, así que lo primero que le he dicho a mi novio cuando ha venido a darme el beso de buenos días antes de salir para el trabajo, ha sido que debemos comprar un plástico. Luego, cuando me he levantado, he valorado mi provisión de paraguas, he cogido uno que no ha funcionado, antes de llegar a la oficina me he manchado las botas de barro, se me han calado el pelo y el abrigo de lino y he recordado que, incluso con toda la incomodidad con la que viene, me gusta la lluvia.

Me gusta que haga fresco, me gustan los cielos plomizos, las nubes preñadas de rebordes negros, la sensación de que algo se acerca. Además, el de hoy es el primer día otoñal después de un verano largo y caluroso. Me encanta sacar la ropa de abrigo del fondo del armario, guardar las sandalias y saber que de nuevo empezamos ciclo (se supone que se empieza en primavera, pero aquí estamos) y que hay algunas cosas que no cambian.

Otras, gracias a Dios, sí. Mi relación con la literatura hoy, y con el cine, se basa menos en buscar la excelencia y más en el disfrute. Vaya por delante que no leo cualquier cosa y que si una obra está mal escrita me cuesta muchísimo disfrutar de ella. Hoy prefiero un libro del que aprender, que me entretenga, que no sea hueco, a un libro perfecto, si es que tal cosa existe. Hoy quiero buenas historias y estoy dispuesta a perdonar defectos técnicos. Hoy, y esto debo agradecerlo también, veo que un objeto artístico no es un mazacote sólido, sino que se compone de varias partes indivisibles pero individuales, separadas. Algunas de ellas pueden ser mejores que otras y creo que hoy sé distinguir qué hay de bueno en un libro malo y qué hay de malo en un buen libro.

Como con las personas (aunque a las personas me cuesta más distinguirlas), hay caras, hay facetas. Y lo que cuenta es el conjunto. Al menos para mí. Al menos hoy.

Veremos mañana, cuando salga el sol.


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