lunes, 17 de septiembre de 2012

El azar ¡Ah, el azar!




Tres veces vista, la película de Night  Shyamalan. La primera no me gustó. Los señores que hicieron el trailer la vendieron como película de terror y, claro, cuando me colocaron esta historia, me llegó más a contrapié que algunas de las bolas que recibía Arantxa Sánchez por cortesía de la Graff. La segunda vez me dejó mejor sabor de boca. No recuerdo por qué le di esa segunda oportunidad, pero tengo un buen recuerdo teñido de un ligero aburrimiento.



Ayer llegó la tercera. El proceso de documentación para la escritura de una obra literaria puede ser tedioso, farragoso, complejo e inútil o puede ser divertido, interesante, sencillo y enriquecedor. Depende de la suerte que tenga uno con sus referencias. Escogí revisitar El bosque debido a un café con leche desnatada y cuatro shots de cafeína que me tomé en mi nuevo Starbucks favorito el viernes por la tarde.

Ahí estaba yo, sentada en unos sillones llenos de ácaros ajenos, frente a dos chicos con el pelo de bollo echado hacia atrás, bermudas rosas y náuticos, un dolor de cabeza digno de un lunes por la mañana y la determinación de llenar el hueco que mi trama presentaba entre el momento en que a mi protagonista le pasa algo malo, malo, malo o peor y el momento en que toma una decisión definitiva.

Me costó Dios, ayuda y sufrimiento neuronal decidir que quizá fuese buena idea sacarle de su contexto inicial y meterle en un bosque donde tuviera que aprender a vivir de nuevo. Inmediatamente Robinson Crusoe, Náufrago y toda una serie de obras literarias y cinematográficas me vinieron a la cabeza. Me decidí por El Bosque porque tenía una protagonista ciega, diálogo escaso y una gama cromática similar a la que me ronda la cabeza para la novela.

Me encontré con una joya.

Se trata de una pequeña aldea que parece situada en alguna época antigua donde no existían los automóviles o la luz eléctrica. La vida en el pueblecito es tranquila, agradable, bucólica salvo por el hecho de que nadie puede salir de sus límites so pena de ser devorado por unos seres de los que no se puede hablar y de los que todo el mundo habla mediante el truco de decir “aquellos de los que no hablamos”. A mí esas triquiñuelas me ponen un poco nerviosa, pero es lo que hay. Como los toros y otros bichos agresivos de la naturaleza, estas criaturas reaccionan mal al color rojo, así que en la aldea se denomina “el color prohibido”. No se fabrica nada de color rojo y cuando nace una amapola se arranca, se entierra y a otra cosa.

El interés lo mantiene el señor director hindú a base de poner cadáveres de animales desollados en medio del pueblo, mostrando pruebas de valor adolescente y creando una tensión sexual un poco obvia pero efectiva. Joaquin Phoenix sale con cara de tonto todo el tiempo (No le aguanto. O es malo malísimo o parece imbécil. Carece de más registros), pero la actriz protagonista se sale. Hasta William Hurt, que no es de mis favoritos, sale bien parado.

La fotografía es impresionante. Juega con la saturación y la desaturación de manera efectivísima, los encuadres son preciosos y todo ello va a compañado de una música muy manipuladora que sin embargo nunca llega a resultar invasiva. Resultado: la Ali llorando a todo llorar cuando al señor Shyamalan se le ocurrió que había que soltar la lagrimita. Vale que esos momentos del mes tampoco ayudanm a mantener la compostura, pero hay que reconocerle al hombre su habilidad para desenterrar emociones.

Por supuesto, lo mejor de la película no es nada de esto. Al final se descubre una cosa muy gorda y muy inesperada que no revelaré aquí por si acaso –El bosque es de 2004, pero de rezagados está lleno el mundo- y que sirve de excusa para llegar a varias conclusiones importantes acerca de la vida y de la naturaleza de la misma. A saber, que no vale la pena huir porque no hay escondite donde no pueda encontrarte el dolor. Estamos aquí para disfrutar y para sufrir porque sin un poco de hiel el azúcar no sabe tan dulce. Cierto que hay grados de sufrimiento que el ser humano no tendría por qué soportar y cierto que no entiendo por qué se nos presentan esas pesadillas, pero las cosas suceden por algo. Las buenas y las malas.

La otra lección, la más importante, es que nada puede controlarse. Nada está bajo control. Interactuamos con tantos elementos, con tantas personas, emociones, cosas, situaciones… existen tantas variables en nuestro devenir diario, que es absurdo tratar de prever y fiscalizarlo todo. Casi nada depende de nosotros mismos excepto nuestra voluntad. Sólo tenemos algún poder sobre nuestra voluntad, así que podemos poner nuestro mejor y más arduo empeño en hacer las cosas de la mejor manera posible. Sobre los resultados poco podemos influir.

El azar ¡Ah, el azar!

En definitiva: personajes creíbles, fotografía genial, música intensa, estructura sólida, historia que atrapa, sorpresa included, final satisfactorio y moraleja.

¿Quién da más?

- A veces no hacemos cosas que queremos hacer para que los demás no sepan que queremos hacerlas.


1 comentario:

  1. Wapísima, ya sabes que el terror y yo no nos llevamos muy bien. Con la peli de la que hablas tengo un pequeño trauma porque casi me obligan a analizarla y preparar una presentación para un máster que estaba haciendo (la asignatura en sí trataba sobre utopías/distopías) y me planté! me negué en rotundo a hacerlo y casi me juego el aprobado. Mi profe al final se apiadó de mí y me dio otro título. Buff... y es que no puedo con las pelis de terror. Me pongo malísima y luego no duermo en una semana!! Me gusta tu análisis aunque como no la he visto no puedo darte una opinión.
    En lo que sí que te doy la razón es en que revisitar películas te hace verlas desde una nueva perspectiva, ves detalles que se te habían pasado y las disfrutas doblemente y si además es la peli perfecta para inspirarte en uno de tus escritos... entonces es la felicidad suprema.
    Qué ganas tengo de leer tu novela. Un abrazo beauty!!

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