martes, 3 de abril de 2012

El esfuerzo de escribir


La ilustración es de Oleg Lipchenko





Si no te divierte, no lo hagas

Si no te divierte y lo has hecho, no me agotes con tus quejas.

Por favor…

Comparto con la mayor parte de los escritores con los que me cruzo en Internet la maldición de vivir de algo completamente ajeno a la literatura. Desde 2001 trabajo como secretaria. En un par de semanas lo haré como consultora legal en una empresa cuyo producto me interesa entre cero y menos cinco (añada cada uno la rima que corresponde si lo considera necesario). Salgo de casa a las ocho menos cuarto de la mañana y regreso, agotada, unas doce horas después.

Entonces saludo a mis gatos y paso un rato con mi novio –que efectivamente detesta mi post de ayer-, luego me encierro en una habitación verde y fucsia cuyas paredes pinté yo y cuyo suelo también coloqué con estas manitas y paso una hora o dos escribiendo.

Estos son los hechos. Ahora bien, se pueden contar de una manera más o menos aséptica o se pueden cargar las tintas en aquello de las doce horas de trabajo en una cadena de producción con apenas un mendrugo mohoso para quitarme el hambre a medio día, manchas de hollín en las mejillas y una gorra de lana con visera bajo la que escondo mis preciosos ojos verdes cuando pido un penique a la puerta del metro porque no me llega para el billete de regreso.

No, mi situación y la situación de otros escritores vocacionales que sin embargo trabajan acarreando sal en minas no es la ideal. Sin embargo hay algo que debemos tener en cuenta: escribimos porque queremos. Por algún motivo extraño, preferimos sentarnos frente a un ordenador o frente a un cuaderno antes que tomar el sol o pasear por un parque. Algo nos impele a dar un paso más allá de la imaginación. Algunos hemos estudiado zarandajas literarias varias, otros trabajamos desde la intuición. La mayoría seríamos más que felices si pudiésemos vivir de nuestras obras, pero nos conformamos con la relativa felicidad de escribirlas.

Porque escribir, señoras y señores, nos hace felices. Al menos a mí, me hace feliz, me divierte muchísimo. Hoy, por ejemplo, en el metro, venía hacia la oficina derrengada de sueño con el ipod incrustado en las orejas para evitar la cháchara mañanera de otros pasajeros. Me habría dormido encantada, pero he sacado mi tablet y me he puesto a pulsar la pantallita táctil esa que lo hace todo más fácil. El trayecto de cuarenta minutos se me ha pasado en un suspiro, cuando he salido de la estación estaba más despierta y aún conservo cierto humor. Cosas de haber inventado un trasfondo creíble para un pobre chaval que no sabe muy bien si adora a su madre o la odia.

No sé de qué manera la idea inicial de mi novela se ha convertido en una especie de red gigante en la que personajes, acontecimientos y relaciones han quedado atrapados a la espera de que yo les desembrolle las vidas. No lo sé. Pero me encanta encender algún aparato electrónico, mirar al teclado –son casi 12 años como secretaria, pero mecanografío fatal- y asistir al proceso de creación de una escena. Las cosas no suceden por sí solas en un papel en blanco. Una tiene que hacer el esfuerzo de meterse en su historia, tiene que haber creado previamente una trama que al final sirve sólo como guía y tiene que tener una idea de hacia donde vse dirigen las cosas. Entonces se pone una a escribir y ¡tachán! Se hace la magia.

Es esa magia la que me da un par de horas de felicidad íntima e intransferible una o a veces dos horas al día. Así que no, escribir no es un sacrificio. Es un trabajo, sí. Es laborioso, conlleva un esfuerzo importante, cierto desgaste, da quebraderos de cabeza, pero compensa.

Como el amor.

Lo que es un sacrificio es levantarse a las siete de la mañana, vestirse adecuadamente, coger la bolsa con el almuerzo, tomar el metro y aparecer en una oficina, laboratorio, hospital, tienda de ultramarinos, taller mecánico o donde sea, y pasar ocho horas o más alejados de nuestras ficciones. Es un sacrificio perder un tercio de la vida tratando de pagar una hipoteca o de conseguirla.

Así que retomo el inicio de este post: si escribir no te divierte, no lo hagas. Es una pérdida de tiempo. Y si has decidido invertir meses de tu vida en literatura y no te has divertido, vete a otro sitio a quejarte, haz el favor. Yo no te creo y como no te creo no puedo compadecerte.

Me doy cuenta de que si leyera esta entrada en otro blog, de que si lo hiciera en uno de los muchos momentos en que he dejado de escribir porque me consta que sólo he producido un puñado de páginas de basura, odiaría al autor. Asumo el riesgo si quien se ofenda al leer esto se compromete a ser sincero consigo mismo durante un momento y admite que escribe porque le da la gana y porque escribir le hace rematadamente feliz.

16 comentarios:

  1. Coincido contigo, Alicia. Si nos esforzamos por aquello que nos vemos obligados a hacer, ¿no debemos dejarnos la piel por lo que nos apasiona de verdad? Escribir es un quehacer que requiere una mente en acción constante. Esto lo hace duro en ocasiones pero extremadamente gratificante.

    Sigue así.

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  2. Gracias, Alejandro.

    A veces la vanidad nos impele a hacer cosas muy retorcidas, como abundar en nuestros esfuerzos para darle más valor a nuestra obra. Y no nos damos cuenta de que si nuestra obra no se valora, quizá es porque no lo merece.

    Y si no lo merece, tendremos que esforzarnos más...

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  3. A ver, querida Alicia, no sé si despellejarte viva o convertirte en la amante secreta de tu queridísimo Alejandro Sanz. A mí la escritura me ha dado poca felicidad, de hecho me hace sufrir muchísimo más que lo contrario. Pero es que hay otra lectura para lo que tú comentas y es que muchos no somos felices si no escribimos, pero es que, además, amargamos a to quisiqui que se atreva a relacionarse con nosotros cuando no escribimos. Yo solo soy verdaderamente yo cuando estoy trabajando en algo, o bueno, mejor dicho, solo soy "soportable" cuando estoy trabajando en algo. Si a eso quieres llamarle ser feliz, pues vale, aceptamos pulpo. Pero no es cierto y no deberías engañar a tus lectores. Feliz era Agatha Christie que vivía de lo que le gustaba y se lo pasaba pipa escribiendo. Feliz será la Mary higgins esa como se llame, que lo mismo. Incluso, en el futuro la Amanda Hoskins o Hopkins o no sé cómo. Pero los que escribimos dedicando el poco tiempo libre. los momentos de descanso, de compartir con los amigos... Los que tenemos que trabajar en otra cosa frustrante, esos de felices nada,nena. Supervivientes. Nada más. Y amantes, amantes sin derecho a papeles, con nocturnidad y alevosía. Pero amar, amamos hasta la h y el .

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    1. Pero cuando escribes, cuando estás ahí, teclea que teclea ¿no eres feliz? A eso me refiero. No a que la felicidad de escribir me dure 24, como el desodorante :)

      Gracias por pasarte.

      tentada estoy de retirarte el saludo... ¿Amante de Alejandro Sanz? Argh!

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  4. Es el mejor post que has escrito..
    Yo escribo por terapia...

    En la vida deberíamos hacer solo las cosas que nos apasionan...deberíamos...

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    1. Gracias, Carlos.
      Yo espero mejorar tanto que esta entrada termine pareciéndote un juego de niños.

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    1. ¡¡Muchas gracias!! Y por compartirlo en el todopoderoso Facebú XD

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  6. El problema es que los escritores neófitos desean vivir de sus obras, alcanzar renombre entre los círculos literarios, verse en la prensa y en los estantes de las librerías. Y no hay nada de malo en soñar con todo eso. Pero desean que eso ocurra ya y no se paran a pensar que el éxito debe madurarse muchísimo con los años y que, en la mayoría de los casos, no se llega a alcanzar jamás. Si escribir es una vocación, se conformarán, como bien dices, con disfrutar en el acto de la escritura. Si escribir es sólo un medio vanidoso de conseguir ser conocidos, entonces no dejarán de cultivar ese parasitismo tan patético de la medra a toda costa. Me ha gustado mucho tu post. Acabo de descubrir tu blog. Enhorabuena.

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    1. La Literatura es una vocación. Guárdense de ella los mercenarios del verso, los que batallan en la palestra literaria buscando la aprobación de la galería, los aduladores en busca de su hueco parásito, los aduladores de sí mismos, los iluminados, los vanguardistas que llaman arte a un calcetín colgado de un bocadillo de tocino. Acudan los que sangran sus versos, los que sobreviven en la palestra de la vida gracias a que se encontraron en las palabras que sangraron, los admiradores de la belleza, los humildes, los que no prostituyen la literatura ataviándola con ropajes extraños.

      :)

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  7. Jajajajaja.
    Ya tienes historia de trenes, que lo sepas ^^

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  8. ¿Sabes? Cada día estoy más segura de que la única verdad inmutable es que nada se puede aplicar a todos. Nadie tiene la verdad absoluta a parte de la de la muerte; todo lo demás es relativo. Habrá escritores que opinen como tú; otros, como Antonia; otros, como Proust; otros, como algún novel que opina que, si no le pagan una millonada, no continuará escribiendo (y, a menos que sea un genio y haya nacido con mils estrellas en el trasero, ahí se quedará). Creo que cada persona que se pone a escribir puede y casi debe hacerlo por una motivación distinta.

    Yo soy como tú, escribo porque me hace feliz. Después de muchos años de ser feliz siendo infeliz, descubrí por qué no era feliz siendo feliz. Es difícil de explicar pero resumo: trabajaba, vivía, salía, entraba, disfrutaba... pero me faltaba algo. Desde que decidí terminar mi primera novela y lo hice, ya supe por qué hasta entonces no había encontrado la "ocupación" que realmente me satisfacía. Ahora ya lo sé y a pesar de que es altamente probable que mis novelas tan solo se terminen vendiendo en plataformas como mi odiado Amazon o a quienes me las piden personalmente en libro, sé que ser escritora es lo que siempre he querido ser y, además, sé que eso es lo que soy, aunque trabaje como secretaria, traductora o cazadora de ballenas.

    Ánimo, Alicia. Todos los que pensamos así encontramos la forma de trabajar para vivir y de vivir para escribir.

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  9. Pues yo escribo para que mi mente descanse. Sí, sonará a tópico pero es así. Cuando me asalta una historia, presiona en mi frente cual migraña climatológica, y necesito que esa presión salga y se convierta en algo, sea legible o infumable. Me divierto cuando elaboro la historia en la mente, pero aun más cuando la plasmo en algun soporte. Claro que es más fácil en el relato corto (idea-relato es casi inmediato), sufres más en los relatos largos, pero en ambos casos es divertido. Escribir da la felicidad? Pos claro, como el pastel de queso, leer, amar, dormir, todo aquello que hago porque me gusta.

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    1. A eso me refería, Gus.

      En la felicidad absoluta no creo. En eso me pasa un poco como a Amelia :)

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  10. Gracias a todos por vuesros comentarios, chicas y chicos.

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Gracias por participar!!