lunes, 5 de marzo de 2012

¿A qué sabe un melocotón?


Pues depende.

20 años con el melocotón a cuestas y aún no he encontrado a nadie que me explique a qué sabe.







Un melocotón maduro, recolectado en la época adecuada, sabe, según mi experiencia, dulce. Incluso muy dulce. No hay más palabras que, con precisión, describan el sabor de esta fruta.  El problema es que dulce no es sólo el melocotón: dulce es el melón, la sandía, las uvas, los pasteles…

Esto sucede con una cosa tangible, con un tacto aterciopelado que a mí me pica en los labios y a mi madre le da muchísima grima.

En Ciudad de los ángeles Nicolas Cage le pregunta a Meg Ryan a qué sabe un melocotón y ella utiliza varias expresiones para explicar cuál es el sabor del melocotón en su boca. A qué le sabe a ella el melocotón. Se me ha olvidado cuáles son esas expresiones, pero estoy segura de que se trataba de imágenes relacionadas con momentos de su vida a los que asociaba el melocotón. Posiblemente momentos felices, sensaciones placenteras.

Con las ideas, con los conceptos, pasa lo mismo. Ser rico no es lo mismo para unos que para otros. Conocí una vez a alguien que definía la riqueza como la cantidad de dinero con la que pudieran vivir lujosamente tres generaciones sin necesidad de trabajar. Para otros ser rico es tener tres millones de euros en el banco. En mi caso ser rico es no tener que preocuparse por el dinero: ni por cuánto se gasta ni de dónde sale. Hablo de riqueza material, claro, que si se me ocurre mencionar todas las otras riquezas, no me caben en docena y media de entradas de blog.



Las palabras encierran trampas. Por ejemplo la palabra dulce encierra trampas. Y quienes usamos las palabras a destajo para contar historias o para explicar nuestros pensamientos tenemos que tener en cuenta que esas trampas existen. El discurso mejor intencionado del mundo puede ser malinterpretado por culpa de esas trampas. Y así se crean enemistades, se emiten juicios y se construyen perfiles de personas que nunca existieron.



Soy una mujer casera, disfruto cuidando de mi novio, salgo poco y en realidad la gente me asusta.

Para mí no hay nada más claro que esta frase. Sin embargo mis amigos llaman a casa y no me encuentran nunca. Es cierto: durante el día suelo visitar exposiciones, me gusta desayunar fuera, me encanta perderme por ahí con mi cámara y volver cuando se va la luz. Pero no salgo de noche. Casi nunca. Así que desde mi punto de vista salgo poco.

Es mi novio quien se encarga de casi todas las tareas domésticas: cocina, plancha, mantiene la casa en un aceptable estado de habitabilidad, pone lavadoras, etc. Sin embargo yo estoy pendiente de que sea feliz, de ver si sonríe o no, de averiguar si le ha ido bien el día. Cuidar es un término tan, tan, tan amplio…

Tengo un blog, una página de Faebook, publico en Wattpad y procuro hacer gala de cierto ingenio, siempre tengo una sonrisa disponible y en mi puesto de trabajo me relaciono con muchísimas personas. Todo eso es cierto, pero no es menos cierto que lo hago con mucho miedo y con un miedo constante a meter la pata.

Y todos estos matices y dobleces hablando únicamente de mí, a quien conozco desde hace 38 años.

Cuando tratamos de exponer conceptos más generales o abstractos las trampas se multiplican. Porque la paz y la conciencia tranquila tienen un significado para nosotros y un significado diferente para cada uno de nuestros lectores. Quizá sólo parcialmente diferente… Una frase que escribimos desde la más pura inocencia, algo que creemos inofensivo, puede pulsar un botón que desconocíamos en un lector y que a ese lector se le abra una espita.

Sucede en las conversaciones diarias ¿Cuántas veces os ha pasado que os enciscáis en una discusión y, de repente, tras estupendos minutos de toma y daca dialéctico, caéis en la cuenta de que vuestro interlocutor y vosotros habláis de cosas distintas?

Pues cuando se trata de textos el riesgo es infinitamente mayor.

Es responsabilidad de quien escribe hacerlo con corrección, con precisión y con los sentidos muy alerta para evitar los malos entendidos en la medida de lo posible. Y es responsabilidad del lector leer con cuidado e incluso leer dos veces antes de dar una respuesta emocional a un texto con cuyo autor no tiene más contacto que ese mismo texto.


Hablo de no ficción, claro…

Dicho lo cual, me voy a imprimir el párrafo anterior y me lo voy a tatuar en el brazo. Por si me cruzo con un texto de Pérez Reverte, que tiene la capacidad de hacerme hervir la sangre. Aunque en realidad seguro que Reverte lo hace adrede. Disfruta sacándome de quicio… A mí y a los que son como yo :) 

9 comentarios:

  1. No estoy de acuerdo en que haya que evitar los malos entendidos, creo que pueden ser fuente creativa.
    Quiero decir que para que haya malos entendidos se presupone entendimento, es decir, capacidad de raciocinio y de llevarnos la contraria. A mi eso me divierte...me da vida.
    Todo duelo intelectual, y sobre todo si hay ironía, me parece un verdadero placer.
    Otra cosa, vaya chollo de novio...supongo que el dirá lo mismo de ti.(ya salgo del jardín).
    Y para acabar me ha entusiasmado la frase "la palabra dulce encierra trampas"...
    Un abrazo para ti, y un beso para tu novio...jaja ;)

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  2. Yo contra los masoquistas no tengo nada :)

    A mí me encanta discutir. Me gusta incluso más que coquetear, y la cosa del flirtin me chifla. Pero mejor discutir los dos -o los doce- sobre lo mismo ¿no?

    Ejemplo: Barney es un personaje absurdo.

    Hale, dale caña ;)

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  3. Yo por ejemplo no se expresarme bien, nunca lo he sabido, debo tener un error gramatical dentro de mi cerebro ya que suelo emplear muy mal las palabras, y eso me causa muchos problemas de mal entendidos...pero cómo soy bastante positiva siempre pienso que el que juzga mis comentarios con mala intención es que busca un motivo para estar a la defensiva...Pero no soy escritora... así que no tengo problemas de público...

    Ali, eres la leche me gusta que te lo cuestiones todo...
    Con gente inteligente es fácil discutir siempre llegas a un acuerdo...aunq no sea el mismo...Bsss a los dos

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  4. La acepción de "melocotón" que utiliza R. Scott Bakker en "Príncipe de la Nada" dice mucho sobre ti y tu novio, por lo que dices que hace debes de ser adictiva y narcótica. Dulce es un término que se utiliza hoy en día muy a la ligera, no existe como tal, se debe al corrector de la acidez E-270. Cosas de la mercadotecnia. Ya no sé de qué estábamos hablando, al contrario que a ti no me sorprende es mi modus vivendi. El ingenio es subjetivo lo que no lo es es lo que te cunde las cremas hidratantes nena, para tener casi 40 palos estás estupenda de surcos orbitales. See you babe.

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  5. Dulce, salado, ácido y agrio ¿no?

    Mi made, la del cepillo de dientes, me habituó a hidratarme a eso de los 16.
    No me quejo :)

    Photoshop también ayuda :)

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  6. Por qué sabes exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando pasa? No lo entiendo, digo algo y tú vas y das en el punto justo del quid de la cuestión, tienes algo metido en el cuerpo que me pertenece o al revés, porque sabes perfectamente lo que pienso cuando lo pienso, hay quimica o como quieran llamarle a eso, ains.... que cosas, mi morena perfecta que me saca la aonrisa siempre que se lo propone y cuando no, también ^^ Un beso cielo y que piensen lo que quieran los que malinterpretan las palabras dichas, que siempre hay que pensar en como las dijimos y no en como las recibieron :D

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    1. Eso es: Que piensen lo que les de la gana. Y si eligen pensar mal, ya sabemos que no nos interesan.

      Muchos besos, amor. Y a seguir con eso de las palabras, que al final lo que cuenta es ser feliz. A pesar de todooooooo.

      Muacks!

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  7. ¡Madre mía, qué bien te explicas! Voy a traerme un saco de dormir y a acampar en tu blog a ver si se me pega algo ;-) Por cierto, me ha encantado la referencia a Pérez-Reverte, me he sentido taaaaan identificada...

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  8. Hola Fátima!
    Encantada de verte por aquí. Me alegro de que te guste el blog.
    Nada de sacos de dormir ¿eh? Tú ponte cómoda en una de las haitaciones del primer piso ;)

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Gracias por participar!!