lunes, 20 de febrero de 2012

Retales - Cuento de carnaval 2012

Retales



Nunca había contado los años como sus amigas, que los comenzaban en octubre, con el curso escolar. Desde que recordaba, el mes que había marcado sus cambios era febrero. 

Después de Reyes su padre llenaba la casa de telas y abalorios, de revistas, de patrones recortados en papel de periódico, de hilo, de cintas, de botones imposibles; y ellas, las señoras de la casa, como llamaba a su mujer y a su hija, se lanzaban sin titubeos al juego de coserse nuevos trajes, nuevas caras, nuevas vidas. Pasaban seis semanas vistiéndose y desnudándose, sin saber hasta el último momento el aspecto que tendrían. 

Aún a su edad, sin un marido devoto de la confección y sin hijos a los que legar la tradición familiar, Alicia la continuaba con un fervor mucho más cercano al alborozo organizado de los clubs de fans que al religioso. Durante todo el año investigaba blogs, foros y páginas web en busca de inspiración;  recopilaba fotografías de disfraces ganadores de concursos, repasaba los errores cometidos por creaciones menos afortunadas y durante las primeras semanas de enero tomaba sus decisiones. Unos días más tarde le llegaban satenes, rasos, rasetes, sedas, pasamanería, lentejuelas, borlas, pompones y siempre, cada año, un acerico brillante en forma de corro de la patata en el que ocho cabecitas de chinos con sus coletas negras rodeaban la esponja sobre la que clavaría agujas y alfileres. 

El inicio del mes de febrero se convertía así en el inicio de una vida nueva. Comenzó los nueve años vestida de nadadora antigua, con sus dos calabazas colgadas en las caderas, un traje de baño de rayas marineras por debajo de la rodilla y un gorro divertidísimo. Ese mismo año le perdió el miedo al agua y aprendió a nadar. A los 13 su padre la vistió de samba. Se moría de la risa cuando recordaba todos aquellos volantes anaranjados, verdes y amarillos. Tenía que sujetarse el estómago cada vez que le volvían a la cabeza las explicaciones que hubo que dar en el desfile porque no, el vestido no era de bailarina de samba, sino de samba. Era un disfraz conceptual… Pero ese año Alicia aprendió a bailar y pasó el mejor verano de su vida después de haber perdido dos agostos seguidos escondida en rincones oscuros durante las verbenas del pueblo. El mejor disfraz, el más bonito, se lo habían hecho sus padres, los dos juntos. Y habían arriesgado muchísimo: no se lo habían probado ni una sola vez, así que sólo lo vio el día del concurso. Era un traje de rosa precioso, con unos pantalones y una camiseta de retales verdes, ajustados, sin espinas. A la altura de las clavículas le habían colocado unas hombreras también verdes, como césped fresco, que sujetaban una corola de pétalos rosados hechos de papel de seda, papel pinocho y celofán transparente que semejaba rocío. No ganó el concurso. Nunca ganaba, pero aquel año, el de su veinte cumpleaños, habría merecido la pena sólo por haber llevado el disfraz. La mereció por mucho más. Aquel fue el año que supo lo que haría el resto de su vida, el año que se llenó de sueños. 

Cuando cumplió treinta, su madre había muerto y su padre había perdido la visión de un ojo, había desarrollado una catarata impresionante en el otro y conservaba intacto el entusiasmo por el carnaval. Ni un solo año había dejado de vestir sus mejores creaciones en el desfile, ni uno solo había dejado de felicitar con efusión y alegría sincera a los ganadores. Ni un solo febrero había pasado sin que pusiera a disposición de sus vecinos su destreza con el hilo y la aguja. Ese año además, se vistió con su hija. Era la primera vez que salían solos y lo hicieron en la piel de dos paracaidistas intrépidos. No tenía mucho sentido que lo hicieran, pero se pasaron toda la cabalgata diciéndose el uno al otro “Livingston, supongo”. Lo pasaron mejor que nunca. Hubo un momento para recordar a la esposa ausente, a la madre. Ese año Alicia perdió el miedo a las alturas y la movilidad desde la tercera cervical. 

Así que a los 45, el decimoquinto año de su parálisis, tras mirar y remirar en Internet, por fin había encontrado al mejor sastre, las telas más brillantes y el disfraz más prometedor. Pidió a sus enfermeras que empujasen la camilla hasta el ascensor. Se miró, feliz, en el espejo del techo. El sudario de lino envejecido, las sandalias de piel de cordero que habían usado por ella, la peluca polvorienta, el maquillaje cadavérico… Deseaba con impaciencia unirse al desfile. Incluso había hecho apuestas consigo misma sobre quién sería el primero en adivinar su personaje. En cuanto lo hicieran alguien le daría la orden: Lázaro, levántate y anda.  Y en el año de su 45 cumpleaños Alicia se levantaría.

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