martes, 27 de diciembre de 2011

Propósito de Año Nuevo: Que merezca la pena vivir.




Ya lo decía Calderón:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Sin embargo nos empeñamos en tantas y tantas cosas. No sé si porque el ser es de verdad insoportable de puro leve y necesitamos, pequeños humanos orgullosos, dotarle de algún peso para que nuestras conciencias, vacuas y soberbias, no mueran de realidad.

O sea, que importamos tan poco que nos da pavor afrontarlo y por eso lo complicamos todo hasta límites inabarcables.

Esta es una idea inquietante que me quita el sueño de forma cíclica. Porque nunca he sabido lo que quiero de la vida. Ni lo que quiero obtener ni a qué me quiero dedicar, ni si lo que hago merece la pena, ni cómo me las apañaré para dejar una huella indeleble.

Cíclicamente, por ejemplo ahora,  creo que no existen las huellas indelebles. Ghandi fue un gran tipo, pero es demasiado pronto para saber si lo que hizo permanecerá en la memoria colectiva para siempre. Alejandro Magno, la Pax Romana, Lola Flores, Mario Conde, Lao Tse, Mahoma, Cristo.

A lo mejor indeleble significa un número determinado de generaciones. O mucho tiempo. A lo mejor indeleble significa el tiempo suficiente para que el que deja la huella sienta que su vida ha tenido algún sentido.

El problema de todo esto es el asunto del sentido. Cuando hablo con personas que quieren darle un valor a sus vidas, que necesitan dejar un rastro o al menos un resto identificable, me encuentro con que ese resto es material, es individual, es pequeño. Hay quien quiere ser recordado por su obra como un genio, hay quien quiere amasar una fortuna, hay quien quiere perpetuar sus apellidos. Somos muchos los que no sabemos lo que queremos porque ninguna de esas cosas nos parecen suficientes o válidas.

Si me levanto por la mañana, con sueño, sin ganas de ir al trabajo, me doy la vuelta sobre mí misma y justo al lado encuentro al hombre que he elegido, mi día mejora instantáneamente. Sigo sin muchas ganas de oficina, mi trabajo continúa siendo mecánico y poco satisfactorio, mantengo las mismas deudas que cuando me acosté, pero soy un poco más feliz. Porque a mi lado ha sonado un segundo despertador, a la misma hora que el mío y sé, envuelta en el olor del otro cuerpo, que en pocos segundos me espera un beso. Además la cama está calentita por todas partes y no sólo donde descansaba yo.

Alicia, 1 – Huella indeleble, 0

Si me meto en el metro y una mujer me molesta con sus bolsas, con su respiración pesada y su impaciencia y en mi ipod suena una de mis canciones favoritas, esa canción hace mi día otro poco mejor.

Si mis compañeros me dan los buenos días con una sonrisa, si hace sol, si mis jefes me piden lo que necesitan de forma amable, si nadie me interrumpe mientras hago mis cosas, si la comida que me he traído está buena, si hago tiempo para calentar un té, si doy un paseo a medio día y más tarde llegan las seis y sé que en una hora estaré en casa con mis cuatro gatos, entonces el día habrá sido perfecto.

Un día perfecto, entonces, no requiere un spa de lujo, ni comida de cinco tenedores, ni ganar el premio Nobel, ni llevar un vestido de firma. Tampoco exige haberse roto los cuernos en pos del sentido de la propia vida.

Sin embargo, mucho más a menudo de lo que me gustaría, deseo dejar una huella indeleble, deseo aplausos, un cuerpo perfecto, muchísimo dinero y muchísimos spas de lujo y comidas copiosas carísimas, y una banda de criadas que quite del sofá los pelos de mis cuatro gatos.

Todos los días deseo cosas que no necesito, que sé que no me harán más feliz, que de tenerlas caducarían mucho antes que la sonrisa de alguna de mis compañeras de trabajo, que el beso de buenas noches de ayer, que la satisfacción telefónica de mi madre cuando le dije que mi novio quiere alquilarla por horas para que cocine, que la diversión de hornear un pan de salvado, que la alegría de un gato nuevo, que el olor del aire helado a las ocho de la mañana.

Haciendo una lista poco exhaustiva de lo que permanecerá conmigo del 2011, no encuentro vestidos ni zapatos ni viajes a pesar de haber viajado y de haber gastado algún dinero en ropa. Del 2011 me quedo con los días pasados en compañía de Rosy y su familia, con el reencuentro con Otelo, con Emilio, con la sonrisa de Luisa, con la libertad tras 20 años de cadenas emocionales tan tóxicas, con un abrazo de Mati, con todas las horas de comida pasadas con Diego, con las risas del Facebook, con algunas sesiones de fotos, con los tuppers de comida de mi madre y con haber descubierto que tengo una familia cuando la necesito.

Nada de eso se paga, nada de eso requiere un cuerpo perfecto ni una dirección definida en la vida y posiblemente nada de eso deje una huella indeleble en ninguna parte. Salvo en mí.

Madre, cuánta letra para decir que no sé a qué dedicar mi tiempo libre.

2 comentarios:

  1. Pues a mi me ha gustado y la extensión era necesaria ¿eh? Es una buena reflexión, la verdad, que más de uno debería hacer. Yo no soy de los que esperan que su nombre perdure, vaya por delante eso, todo lo más espero que quienes me conocieron y vivan cuando yo no lo haga ya me recuerden al menos con cariño. Pero para mi lo realmente importante son esas pequeñas cosas de las que hablas, que al final son las que hacen que los días merezcan la pena. Todo lo demás, sin esas cosas que nos hacen felices, sobra y sería seguramente insatisfactorio.

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  2. De nuevo, estoy de acuerdo contigo :)

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