lunes, 26 de diciembre de 2011

Facebook: con él y en él.


Los que me conocen de verdad saben que me encanta hablar, que me gusta mucho la gente, que si no comparto lo que pienso y lo que siento me parece que pierde valor; que creo que las cosas en soledad merecen menos la pena o que incluso no existen.

En mi mundo, si un árbol cae y no hay nadie para oír el estrépito del tronco contra el suelo, no ha habido ruido.

Con esos mimbres no es de extrañar que Facebook sea uno de mis medios de comunicación favoritos. Uno puede publicar una idea, una emoción, un exabrupto, lo que sea, casi antes de formularlo. Y con un poco de suerte habrá alguien que lo comente inmediatamente. Así, si la mañana se tuerce y actualizas tu estado a “teniendo una mañana triste”, pronto podrás leer que tus amigos y conocidos te animan, le quitan hierro al asunto –posiblemente sin saber de qué asunto se trata- y te mandan su incondicional cariño y apoyo.

Sin embargo llevo unas semanas de recelo anti FB.

Por algún motivo que espero descubrir de aquí al final de la entrada, me preocupan las conversaciones que se mantienen en publico. Sospecho de escribir algo en mi estado y que se convierta en una retahíla de comentarios que terminen por ofrecer mucha más información de la que deseo. Y sospecho porque no sé muy bien a qué se debe ese nivel de exposición.

Si mi mañana se ha torcido porque se me ha explotado un bolígrafo en la camisa y tres o cuatro de mis FBfriends  más leales comienzan a bromear acerca de la posibilidad de patentar el estampado no veo problema. Compartir el ingenio es una cosa buena. Pero si mi mañana se ha torcido por algo más serio y al final todos revoloteamos sobre el hecho sin mencionarlo, pero cada comentario es más gris que el anterior ¿por qué no tener la conversación en privado?

Me importa poco que FB se haga de oro cuando le doy a “me gusta la Coca Light”, pero me preocupa que mis carencias emocionales queden expuestas.

No condeno ni a Facebook, ni a sus usuarios. Sólo me preocupa que lo usemos para sentirnos más queridos, más acompañados, más comprendidos, más valorados; en definitiva, menos solos. Porque al final FB son sólo palabras. Si las personas que las escriben no mantienen entre sí contactos reales, son sólo palabras. Y no se puede vivir siempre envuelto en la ilusión de las palabras.

2 comentarios:

  1. Y palabras gratuitas, además. Quiero decir: que un "amigo" que tienes en Facebook puede dorarte la píldora o animarte cuando tienes un mal día con las típicas palabras de aliento, pero cuando apagas el ordenador y necesitas realmente que ese "amigo" se comporte como tal... muchas veces te encuentras con que es más un conocido. Facebook nos ayuda a estar más cerca, si, pero creo que a veces complica el discernir quiénes realmente son nuestros amigos y quienes no son más que contactos en el Facebook.

    A mi también me encanta hablar, ya ves, jejeje. Me apunto tu blog para visitarte de vez en cuando.

    Un abrazo.

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  2. Hola!!!

    Vengo tan poco por aquí que ni sabía que tenía comentarios :)

    Tienes toda la razón. Facebook, los chats y casi todo lo virtual son como la comida basura: te quietan el hambre de momento, pero a la hora de la verdad te dejan un vacío feo y difícil de llenar.

    Gracias por leerme!

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