martes, 15 de noviembre de 2011

Reconstructing Alice - Ladrillo primero



Nunca estuve en tu casa. Creí que la había visto mil veces porque mil veces paseé mis ojos por las paredes empapeladas de amarillo, mil veces acaricié con deseo, con algún matiz de envidia, los candelabros de plata labrada de la entrada; aquellos que te habían regalado con ocasión de algún acto solemne y que mantenías pulidos, tan perfectos que su brillo metálico rechinaba más incluso que todas las mentiras que no me dijiste porque yo ya las había creído.

Sin embargo la verdad es que nunca franqueé la entrada de tu casa. Sí pasé algún tiempo en el piso enorme, atiborrado hasta la estrechez, en el que vivías. Por allí paseamos todos antes o después. Todos admiramos los cuadros abigarrados, las figuras de cristal, los apliques de latón colgados al tun tun en las paredes. Todos alabamos tu buen gusto, esa personalidad tuya grabada a fuego en las alfombras tan mullidas que se podría haber dormido en ellas.

No me di cuenta entonces de que uno de los trofeos disecados sobre la chimenea era mi cabeza. Recuerdo, eso sí, que hace años sentí un dolor sordo en el cuello y un tirón suave como una caricia que me arrancase los tendones, los músculos, las venas y hasta la lengua. Una caricia tan sutil como el mordisco de una bestia. Un tirón que me dejó sorda, muda y sobre todo ciega. Quizá por eso nunca vi tu casa.

Ahora me reconozco en esa pieza rellena de serrín con canicas de cristal en las cuencas de los ojos, con la piel opaca, el pelo lacio, mate, feo.

Mi pelo feo cuando mi pelo fue siempre bello y extraño como una aurora boreal en el centro de Madrid.

Mis ojos sin vida cuando de mis ojos nacían corazones henchidos y exultantes como la primavera de Boticelli.

No, nunca he visto tu casa, pero he visto sin lugar a dudas el lugar que ocupé en ella. Por eso hoy me hago con mis ojos, a los que no renunciaré nunca. Hoy recupero el mundo que existe sólo cuando yo lo miro. Hoy miro y porque miro con mis ojos nuevos veo.

Y como no te miro, tú no existes.
Y como no existes, vuelven a mí los músculos, los tendones, las venas y la lengua.
Volverán también las palabras, mis palabras.

Las que nunca debí dejar que deshicieras.


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