jueves, 22 de septiembre de 2011

Soles nacientes, soles ponientes



Cada generación necesita sus propios iconos, su propio código, su propio lenguaje. Tal y como están las cosas, si las generaciones anteriores no dejamos paso a las generaciones posteriores, el conflicto generacional será una barrera para la comunicación y la evolución siempre. Los jóvenes no contarán nunca con el apoyo de sus mayores y los mayores seguirán sintiéndose amenazados.

A mí no me gusta el aspecto ni los modos de Lady Gaga, pero tiene que haber una Lady Gaga. Porque quizá la evolución deba pasar de vez en cuando por procesos de ruptura y grandes conflictos, pero quizá no. Quizá se pueda evolucionar como especie, como sociedad, como modo de poblar la tierra, de manera fluida. Quizá de hecho eso sea evolucionar y lo demás sea otra cosa.

Es cierto que Gaga no aporta mucho a la historia del pop. No aporta mucho en términos de moda, ni de imágen, ni de música. Hace grandes éxitos, canta razonablemente bien, sus coreografías son dignas de verse, pero no hace ninguna aportación nueva. Es posible que hace 30 años tampoco la hiciera Madonna. Sin embargo ambas son referentes para sus respectivas generaciones, ambas han lanzado mensajes más o menos manidos, más o menos sabidos, más o menos manipuladores que han convencido a sus seguidores. Madonna se vistió de hombre para decirnos a las chicas algo sobre el amor: Don´t go for second best, baby: Express yourself. Luego creció, crecimos, y llegamos a la sabiduría de El Secreto: Hasta que no me amé a mí misma no fui capaz de amar a nadie más.
 
Lady Gaga ha adoptado el look de Madonna hasta la saciedad y ha dicho a los jóvenes de hoy que ellos son superestrellas desde su nacimiento, que son perfectos porque Dios no se equivoca. Ellos han nacido así. We all have been born this way.

Es verdad que ante una repetición tan flagrante de letras, poses, bailes y actitudes, una se indigna. Y preferiría que los nuevos iconos musicales usaran sus propias palabras y lanzaran sus propios mensajes. Una preferiría que los más jóvenes asumieran lo que de bueno hay en lo que viene de antes y que trabajaran por mejorar lo mejorable. Pero eso pasa porque los mayores entiendan y asuman que el cambio no es sólo bueno, sino necesario.

Todos necesitamos que nos digan en nuestro propio idioma que tenemos derecho a ser nosotros mismos, todos tenemos derecho a que otros usen las palabras que nosotros usaríamos para hablar de amor o de guerra. Y a todos nos consuela saber que otros han vivido antes las mismas penas y nos alegra compartir con otros las mismas alegrías.

Que los fans de Madonna nos empeñemos en hacer de menos a Lady Gaga es el mismo error de base que cometen los padres que deploran los pelos de sus hijos. Al fin y al cabo no han cambiado mucho los conflictos del ser humano desde el nacimiento del pop: los adolescentes siguen teniendo problemas de identidad que los mayores conservamos intactos.

Curiosamente a nadie le importa mucho que los artistas más uniformes lo sean desde el principio de los tiempos. Se critica con fruición a los que destacan. A los que, sean para consumo de masas o no, son perfectamente distinguibles del resto. Dentro de unos años, Hanna Montana habrá corrido la misma suerte que Andrea Corr; o no, yo no soy crítica musical. A lo que me refiero es a que quedarán pocas estrellas y las que queden tendrán cosas importantes en común. Algunas habrán copiado a las anteriores o habrán adaptado modos efectivos de hacer o decir las cosas a tiempos nuevos.

Ocurre lo mismo con los mitos. El mito pop por excelencia, el vampiro, ya no puede vivir únicamente de noche. En un mundo en el que casi nadie puede salir de noche, en el que el miedo se ha hecho dueño y señor de las horas de oscuridad no tiene sentido que los miedos de ficción, los que sirven para simbolizar otras cosas, los que sirven para conjurar otros miedos, ocupen el mismo espacio. Ya hay monstruos más que de sobra que pululan de noche. Ahora los Cullen se han pasado al día y tampoco son mala gente; los vampiros de True Blood beben sangre embotellada. No sirve de mucho abundar en monstruos de otras especies cuando el monstruo humano es el más peligroso.


Yo prefiero Frozen a Poker face y prefiero El vampiro de Pollidori a Edward Cullen, pero entiendo que unos y otros tiene sus espacios y también, y sobre todo,  sus tiempos. Y entiendo que no debo humillar a los nuevos para ensalzar a los viejos. Los astros y los monstruos también caducan.

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