domingo, 25 de septiembre de 2011

La banca gana



En mi barrio, muy cerca de mi casa, han cerrado una sucursal bancaria. Por algún motivo eso me parece más preocupante que los carteles que proliferan porque cierran las tiendas, que los locales de empeño que abren y que las administraciones de lotería que se mantienen ¡Ha cerrado una sucursal bancaria! Esta gente trabaja con dinero, así que si cierran es porque no hay dinero con el que trabajar. Si no hay dinero ya no se riegan los jardines, ni se recoge la basura y mi barrio, que desde que lo conozco nunca ha sido bonito, se convierte en lo que se está convirtiendo: una horrible zona de secano.

A las 11 de la mañana de hoy he pasado por el parque y no había ni un solo niño. Había una predicadora religiosa con el pelo muy largo atado en una coleta baja y diez personas que la escuchaban sin mucho entusiasmo; en una esquina tres hombres vestidos con ropa deportiva, camisetas negras y barba; y en la zona de los columpios cuatro o cinco adultos de aspecto absolutamente respetable y un chaval de unos doce años que parecía pertenecer a ese grupo subido, sin jugar, encima de un balancín. Ni un solo niño un domingo a las once de la mañana, igual que ayer estaban las terrazas vacías a la hora del aperitivo.

También había bolsas vacías, latas, y basura en general. De la que genera una ciudad normal pero que en éste no se recoge como en otros barrios. Porque no es que nosotros estemos peor educados, es que aquí no se replantan las flores como en el Paseo de la Castellana, ni hay pequeñas furgonetas que aparten los residuos cada poco ni los barrenderos pasan más de una vez -nunca los fines de semana-. 

Aquí se cierran las tiendas y, como no se reabren, se pueblan los escaparates de pintadas y carteles.

Yo no excuso a los gamberros del spray ni excuso a quienes pasan de la prohibición de fijar carteles, pero excuso menos aún al ayuntamiento que invierte en servicios públicos para las zona más turística de la ciudad y no lo hace en las zonas obreras que son las que al fin y al cabo mantienen al día la producción y la prestación de servicios. De manera que una dependienta del Burguer King del Paseo del Prado ve árboles a través de la cristalera de la hamburguesería porque Tita Cervera montó un pollo en su día, pero cuando llega a su casa tras haber servido carne de mentira durante algunas horas lo hace con los pies sucios que tras salir del metro han atravesado un desierto de polvo y basura.

Y hay quien piensa que sí, que muy bien, pero que cada perro se lama su pijo. Lo que ocurre es que no todos hemos sido entrenados para doblar el espinazo con la misma eficacia, así que algunos necesitamos más ayuda que otros. Y no hay nadie que no necesite ninguna ayuda. 

Yo no soy socióloga y no sé cómo podrán solucionarse los problemas de de integración social. No tengo ni la menor idea de cómo enseñar a un chaval de mi barrio que ocupa su tiempo en garabatear paredes que es mucho más divertido, más enriquecedor y en definitiva mejor, abrir un libro. Pero es que yo tuve la suerte impagable de nacer prácticamente con un libro entre las manos. Para mí lo natural es leer porque mis padres se encargaron de que junto con las muñecas y los juegos de construcción hubiese docenas de cuentos troquelados, tebeos y más tarde novelitas de Enyd Blyton, El Señor de los Anillos y una colección de clásicos. Mi madre se ocupó de acercarse a mi colegio a que mi profesora le explicase qué estaba yo estudiando porque yo, que siempre he tenido muy buena memoria, estaba haciendo los deberes sin entenderlos.

Eran los primeros 80, así que España estaba en crisis, como ahora, pero la crisis era diferente, el furor consumista no había llegado a las cotas de hoy día y aún se podía vivir con un sueldo. Por tanto mi madre podía dedicarle tiempo a sus hijas. Ahora pedir ese tipo de actitud es utópico. Ahora padres y madres tratan a sus hijos e hijas de forma residual y nadie se ocupa de que el orden de cosas cambie y se pueda conciliar de verdad, tanto para hombres como para mujeres, la vida laboral y la familiar. Digo hombres y mujeres porque sin uno de los progenitores tampoco hay familia; y en caso de padres o madres homosexuales, la familia tampoco está completa sin los dos miembros porque son ambos los encargados de estableces su sistema de valores, sus principio, sus reglas y su propio equilibrio. El caso de las familias monoparentales es más complicado, aunque alguna manera debe de haber de que el tiempo de esos padres y madres solos se pague más caro. Porque su responsabilidad es doble. Al fin y al cabo se enfrentan en soledad al desarrollo del carácter, la personalidad y los valores de sus hijas e hijos. Así que su tiempo debe ser mejor pagado no porque los pobrecillos estén solos y haya que ayudarles, sino porque esa prole descendiente de padres y madres solteros también es el futuro. Y todos queremos un futuro brillante y esperanzador, y no en futuro que nos amenaza en este momento.

Nos pasa a los privilegiados que nos olvidamos que los números y la experiencia histórica están en nuestra contra. Les pasa a los que tienen un piso de 100 metros cuadrados y uno más pequeño en la playa que creen que su situación es más segura que la de aquellos que tienen un trabajo precario y viven de alquiler, pero esto es falso por partida doble: en primer lugar, cuando la sociedad civil, cuando los verdaderamente oprimidos no podamos tragar más, no vamos a tener piedad con aquellos que, estando tan cerca de nosotros no se dignaron a sentirse parte de nosotros. En segundo lugar, los verdaderamente privilegiados no van a aceptarles en sus círculos y no van a ayudarles. Porque ellos, los del piso grande, el coche de gama media alta y el chalet en la playa serán los que menos tengan de los que tienen algo, y el sistema trabaja para el que tiene más en detrimento del que tiene menos. Así que convendría que cada uno nos diésemos cuanta de quiénes somos, de dónde venimos y sobre todo de dónde estamos. No de donde nos gustaría estar, sino de dónde estamos.

Y acojona, claro. Da mucho miedo pensar que a lo mejor en unos meses ya no es seguro coger el autobús para llegar al trabajo, pero es que quizá suceda. Hay que vivir con eso en la cabeza porque los que tenemos menos cada vez tenemos menos y cada vez somos más. Así que cada vez se nos verá más. 

Así que antes de permitir que se pongan las cosas como se pondrán si no hacemos algo con los pocos medios de los que disponemos, hay que firmar todas las peticiones que soliciten un cambio hacia un sistema más igualitario que permita a los seres humanos acceder a lo que todo ser humano tiene  derecho: una vivienda digna, un trabajo digno para poder pagarla, comida, educación y servicios sanitarios.

Hoy a las 18:00 hay manifestaciones en toda España para mejorar el cumplimiento del derecho a la vivienda.

Nos vemos allí.

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