lunes, 12 de septiembre de 2011

¡Ay Caridad!



Ay! Caridad
Caridad bonita
Por mi sangre hoy juraré
Veinte veces que te amo
Y esta vida que no es, quítame
En la luna hay un temblor
Caridad... te vi... ataviada
De novia marchita
Cuenta, cuéntame
Quien en tu noche bordada de perlas
Se aventurara ?
 
Miguel Bosé – Cuando el tiempo quema
 

Caridad es, en la religión cristiana, una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.
De las tres virtudes teologales decía el otro día Robert de Niro que ésta es la más importante. Jeremy Irons le había pasado un librito –la bibia al parecer- y, mientras De Niro leía, una voz en off recitaba:

Si tuviere tanta fe como para mover montañas
mas no tuviere caridad, nada soy.

Y si repartiere todos mis bienes,
y si entregare mi cuerpo para ser abrasado,
mas no tuviere caridad, ningún provecho saco.

La caridad es sufrida, es benigna,
la caridad no tiene celos,
la caridad no se pavonea, no se infla…

De la primera carta del apóstos San Pablo a los Corintios.

¿Cuántos de nosotros –se preguntó ella refiriéndose únicamente a sí misma- usamos de la caridad? Ni siquiera estoy segura de que se pueda decir usar de, sino hacer uso de. Así que ella, refiriéndose únicamente a sí misma, cambiará la pregunta:

- ¿Cuántos de nosotros hacemos uso de la caridad?

Me importa poco a estos efectos, que aún no sé cuáles son, amar a Dios por encima de todas las cosas. Esto me coloca en posición de no hacer mucho uso de la fe tampoco, pero estoy ocupándome de la caridad. Y ocupándome de la caridad quiero ocuparme de amar al prójimo como a nosotros mismos.

No importa cuánto lea. Desde los libros más básicos de autoayuda, a terapias sicológicas individuales, pasando por la Biblia, el Talmud, la Torah y lo poco que he ojeado del Corán; llegando a novelistas y poetas varios; siempre, indefectiblemente, me encuentro con la caridad. Madonna, Alejandro Sanz, Pink, Katie Perry… todo hijo de vecino anda con la caridad a cuestas.

Lo decía Debbie Allen: Tenéis sueños, buscáis la fama, pero la fama cuesta. Y aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor.

Pues a la caridad le pasa lo mismo que a la fama: que cuesta.  Que un domingo de mañana te vas a tu cafetería de siempre, saludas a tu camarera de siempre, mucho menos eficiente y mucho menos guapa que tu camarero de siempre; le pides tu café con leche corto de café, muy caliente, tu tostada con mermelada de fresa y mantequilla, tus dos sobres de sacarina y te das cuenta de que junto a ti hay un patinete abandonado. O no tan abandonado, porque en la mesa de al lado hay dos mujeres con dos criaturas y es casi seguro que el patinete pertenece a una de ellas.  Más o menos al mismo tiempo llora un bebé un par de mesas más allá. Te dices que no importa, te colocas muy caritativamente los auriculares en las orejas y parece que el mundo se queda fuera y tú dentro. Bien, la caridad se ha tambaleado un poco, lo reconoces. No le tienes ningún amor a los bebés que lloran ni a los padres que salen con bebés llorones a desayunar los domingos, pero lo que si tienes es un ipod rosa para capear el temporal, así que con Bon Jovi gritándote al oído que lo que tú quieres es dejar huella –y sin equivocarse el tío ni tanto así-, sacas tu cuaderno del bolso, sacas tu pilot verde, te pones a escribir y, entonces sí, la caridad se va a la mierda por la vía rápida: llega el niño, unos siete años, cara de pan, bastante gracioso, aburrido como una ostra porque las dos mujeres, a quienes la nata de la leche ya se les ha solidificado en los vasos, no dan señal de ir a moverse de ahí, y se pone a jugar con el patinete.

Seamos serias y justas: no dijo una palabra más alta que la otra –de hecho no pronunció ninguna palabra en absoluto-, no hizo ningún ruido. Sólo se puso a jugar con el patinete a una distancia indecente. Si hubiera albergado algún interés sobre lo que yo escribía y mi caligrafía fuese inteligible, sin duda habría podido leerlo ¡Y las dos adultas a menos de dos metros sin decir esta boca es mía! A esas alturas la caridad como si no hubiera existido nunca. Se me desataron los cuatro jinetes del Apocalipsis, recodé que mi personaje histórico favorito fue Herodes y cuando el niño me medio sonrió le traumaticé con una mirada asesina.

Entonces volvió la caridad acompañada de cierto sentimiento de culpa. En realidad el crío era bastante majo, bastante educadito y mi falta de caridad debió haberse dirigido a su madre, que lo encerraba en una cafetería, con una ausencia total de amor, en lugar de dejarlo libre en un parque. En cualquier caso terminé el café y me fui sin terminar mi entrada de diario en lugar de ordenar un segundo café con un vaso de agua como es mi costumbre.

¿Cómo debí haberme comportado? Pues haciendo caso del dicho que establece que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Debí haberme amado desde los cimientos y haber salido en consecuencia de mi cafetería de siempre, haber buscado una cafetería sustituta donde disfrutar de mi desayuno dominical. Debí haberme amado a mí misma porque eso habría evitado que odiase a los demás, me habría ahorrado mucha energía y no se me habría acumulado ese poco más de malestar que culminó en un estallido lacrimoso nocturno.

Pero ¿Cómo se atajan las huidas de la caridad? Yo también creo que cuando me cruzo con alguien por la calle y se ríe, se está riendo de mí. Cuando miro una obra en un museo pierdo un tiempo precioso en estudiar si mi postura o mi actitud pueden ser criticadas por otros visitantes del museo, cuando hago la compra imagino lo que pensarán los otros compradores del contenido de mi carrito. Hago tan poco uso de la caridad conmigo misma que luego aprovecho todas las oportunidades que se me brindan para arremeter contra los demás.

A veces la belleza me conmueve. Grandes dosis de belleza en poco tiempo me dejan deshecha, pero me escondo para llorar, que es la única válvula de escape que encuentro para la emoción. En lugar de sonreir y celebrar la belleza me escondo. A veces quiero decirle a una persona que me encantan sus zapatos o pedirle que me permita fotografiar sus gestos, pero no me siento digna. La consecuencia de esa falta de amor a uno mismo es la venganza. Uno trata a los demás tan mal como se trata a sí mismo.

Habrá que recordarlo: uno trata a los demás tan mal como se trata a sí mismo.









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