miércoles, 14 de septiembre de 2011

Apocalipsis (de género) Zombie



Recién levantada, cabeceaba en al autobús cuando he presenciado la primera escena de terror del día: Una hija, vestida con uniforme azul marino de colegio por lo menos concertado, se ha abrazado a su madre. La madre le ha devuelto el abrazo, toda ternura. No han pasado diez segundos antes de  que se acercase el hermano mayor para molestar a la pequeña. La pequeña debía de rondar los nueve, el mayo un par más. La golpeaba con movimientos circulares, muy amplios, de mochila; sin fuerza, sólo para dejar patentes sus celos, su disgusto y su carencia de otras herramientas.

Cuando mi autobús ha abierto las puertas la madre ya le había pedido al niño que lo dejara y había besado la cabeza de la niña. El muchacho ha subido solo al autobús y la niña ha tardado un momento muy significativo en separarse de la madre. Lo ha hecho con una sonrisa maligna de triunfo que augura un futuro muy triste y muy gris para las relaciones entre miembros de próximas generaciones.

De hecho, es posible que no me hubiera fijado en nada de esto si ayer no hubiese oído a una embarazada de mi oficina decir, convencida, que los niños son más despegados. Como si el desapego viniese marcado en el cromosoma Y. Como si los niños, los chicos, los hombres, no necesitasen palabras de aliento, consuelo, caricias, besos, abrazos, mimos, calor humano en la misma medida que las niñas, las chicas y las mujeres. Como si nacieran los niños sin la necesidad de ser acunados, como si no disfrutaran de las pedorretas, de que les roben la nariz o les revuelvan el pelo. Como si el tacto de los padres no les fuera necesario a los niños igual que a las niñas.

Por supuesto, todo es interpretable y yo no tengo más datos que lo que he visto. Y lo que he visto está tamizado por mi perspectiva, mi cultura, mi experiencia y cierto cinismo que aflora cuando veo de qué manera se perpetúan los estereotipos. Aún así, apuesto un meñique a que en esa familia, la de la parada del autobús, a la niña se le ha enseñado que puede llorar, pedir abrazos, besos, ser cariñosa; mientras que al niño se le ha enseñado que todo eso no es masculino. Lo que está bien para la niña no está bien para el niño. Así que me apuesto el anular de la misma mano a que el niño crecerá con unas carencias afectivas muy dañinas a pesar de que sus padres posiblemente le adoren. Y pongo en juego el dedo corazón a que si ese niño tiene una pareja femenina se dejará manipular por ella (porque a ellas siguen enseñándoles a manipular mediante los mimos y los pucheros) y no sabrá cómo defenderse de las acusaciones de no prestarle la atención suficiente. Porque ella demandará las caricias, los besos y los abrazos que a él no le han enseñado a dar y él quizá no sepa distinguir entre el cariño expresado físicamente y el sexo. El índice me lo juego a que si tiene hijos les educará de la misma manera segregacionista, quizá con un poco de suerte, matizada.

Y me queda un pulgar.

Por poco tiempo, porque en la marquesina de la siguiente parada de mi autobús me he encontrado un póster gigante, un anuncio de Prenatal, en el que la mitad de la superficie estaba ocupada por la fotografía de una madre embarazadísima que se observaba la barriga con más fruición que yo mi ombligo y la otra mitad con la siguiente frase: “Embarazo: periodo de nueve meses en los que también se gesta un padre”.

Repito, porque es muy probable que no todos os hayáis dado cuenta de la abominación en la primera lectura:

Embarazo: periodo de nueve meses en los que también se gesta un padre.

Las implicaciones me dan mucho más miedo que el que a mi amiga Janice le produce la inexistencia del suelo del precio de los pisos. Los padres se gestan, las madres vienen de serie. Una se queda embarazada y ya es madre. El padre que, por otra parte, ni siquiera aparece en la foto, está por ahí, gestándose en otro sitio. No sé, de cañas. O de vuelta al útero de su propia madre, o vete tú a imaginar dónde.

No he visto a ningún hombre, a ninguno, ni siquiera a los de las plataformas de padres divorciados, poner el grito en el cielo por esta discriminación. Son este tipo de mensajes los que perpetúan las diferencias de género. Son este tipo de campañas publicitarias que establecen como verdad absoluta que una mujer es una madre porque alberga un embrión mientras que un padre se va formando sobre la marcha. Como si la maternidad fuese únicamente física y la paternidad únicamente afectiva. Como si a las mujeres les llegase la sabiduría maternal y la madurez con el primer o el segundo desarreglo hormonal.

Pero es que tampoco se quejan las mujeres. Se quejan de que los hombres no se comprometen con el embarazo, de que los matrimonios se resienten con el nacimiento de los críos, de que el dolor del parto es el peor dolor del mundo. Pero no se quejan de que desde todos los ángulos el mensaje que recibimos es que el embarazo es cosa de mujeres, que es que ellos tienen que aprender. La magia de los embarazos, dicen, es de las mujeres: ellas establecen ese maravilloso e irrompible vínculo con el crío, que se desarrolla dentro de su vientre. Ellas lo llevan pegado al corazón (y al intestino grueso, pero eso no se cuenta) y lo sienten tan cercano y cuando nace es como si se lo arrancaran y luego ya están en medio de la experiencia más alucinante de sus vidas. Pues si es la mejor y más alucinante que el viaje de Asimov, compartidla con los padres de vuestros hijos.

A los hombres se les niega todo el espectáculo de magia que consiste en escuchar ruiditos extraños, sentir patadas y asistir al crecimiento de una nueva vida dentro de ellos, lo cual parece bastante razonable dado que no tienen útero. Pero no se les niega sólo eso; es que a todos los efectos se les niega cualquier tipo de participación en el proceso. Las embarazadas son tan celosas de su estado de gracia que yo he visto hombres que han tenido que imponerse para asistir a las ecografías.

- Es que no les interesa –dicen ellas.

 ¡Joder, ni a mí! Hay tanto misticismo creado en torno al embarazo que lo que da es miedo. Parece que al quedarse una embarazada va a entrar una en una secta únicamente femenina y que, claro, quizá a esto se refieran los de Prenatal, los hombres tienen que entrar en otra diferente, la de ser gestados, para ponerse a la altura.

A los hombres se les excluye de los embarazos igual que de los abrazos, los besos y las caricias.

Todo esto antes de las nueve de la mañana.
No sé por qué me empeño en leer historias de muertos vivientes cuando el Apocalipsis Zombie está  teniendo lugar y ni siquiera nos damos cuenta.




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