miércoles, 17 de agosto de 2011

Heavy Metal Pete - a gentleman



Dejé Covent Garden para el último momento. Quería despedir mis vacaciones desde el que había sido uno de mis lugares favoritos de Londres. La plaza en la que me compré mis Dr. Martin´s color cereza, donde encontré uno de los regalos de cumpleaños más bonitos para la que fuera mi mejor amiga – un camisón victoriano lleno de volantes y encajes, cuyas mangas terminaban más allá de los puños de cualquier ser humano normal-, el mercado posiblemente menos exclusivo, menos encantador y más masificado del centro turístico.

Lo encontré exactamente como lo había dejado: lleno de turistas, aplanado por el sol, ruidoso, abarrotado, en obras. Alguna de las tiendas míticas habían cerrado, muchos de los locales estaban vacíos y se notaba escasez de puestos. Quizá sea cierto que hay crisis. Yo no debía de ser la misma del todo, porque me decepcioné. No sé si por el Apple Market o por mi falta de emoción. Me perdí durante una hora en el jardín de Saint Paul´s Church, una iglesia diminuta en la que representan semanalmente El sueño de una noche de verano. De hecho es difícil perderse en un jardín tan pequeño, pero yo lo hice. No quería salir de allí, encontrarme en MI Covent Garden y enfrentar que también eso había cambiado en algún rincón de mi cerebro. Así que encontré un banco en la parte trasera y me quedé allí un buen rato, haciéndole fotos a la nada, escribiendo y dejando que el tiempo pasara. Hasta que no pude retrasar más el momento y salí, por un túnel lateral, a la plaza del mercado.

En la parte de abajo, el patio donde están los restaurantes, cantaba una soprano. Música bonita, comensales que aplaudían, ayudante que pasaba la gorra. Aburrido. Ya me iba cuando giré la cabeza y vi a Pete. Desde lejos se distinguían los pantalones de tartán rojo, las greñas rubias y que hacía malabares con unos cuchillos; sin demasiado éxito.

Me acerqué. Creo que porque había poca gente, espacio para sentarse, el hombre parecía simpático y era una buena oportunidad de hacer fotos a un espectáculo callejero. El día anterior había visto una muestra del trabajo de Diane Arbus y tenía encendido el detector de freaks. Así que me senté y esperé.

Heavy Metal Pete es exactamente como se le ve en las fotos: delgadísimo, palidísimo, muy rubio. Tiene esa dentadura dañada, piercings y aspecto de no alimentarse precisamente de comida orgánica y batidos de germen de trigo. No lo negaré: si me lo encontrase en un pasillo de metro poco transitado me asustaría. Uno se cruza con este tipo de perfiles y piensa en drogas. A primera vista despista el look heavy o punk, la música ruidosa –heavy o punk- y los accesorios: una cama de clavos, unos cuchillos, un látigo rojo, el maquillaje pesado alrededor de los ojos, parte de su discurso:

-Thanks for the applause. That´s very nice… But I dont like nice, I am more into rough and noisy…

Hizo de nosotros lo que quiso: gritamos, aplaudimos, aullamos, abucheamos, coreamos. Porque lo pedía amablemente, con una cortesía a la que yo no estoy acostumbrada. Y porque lo hacía con entusiasmo. Exactamente el mismo tipo de entusiasmo con el que un amigo me enseñaba hace unos días su ciudad. Pete cree en su trabajo, le encanta, lo hace con dedicación, con ganas. Diría incluso que con fe. Fue con esa fe con la que nos mantuvo clavados en unos asientos sin respaldo de los que podíamos levantarnos en cualquier momento. El espectáculo era impresionante, claro: yo jamás había visto pasar a un hombre hecho y derecho por una raqueta de tenis. El equivalente contemporáneo del camello que pasa por el ojo de la aguja… Pero no creo que nos quedásemos por eso. Al fin y al cabo el contorsionismo puede ser incluso desagradable. Heavy Metal Pete ofrecía también sentido del humor y una interacción sutil.

Cuando llegó el momento de recordarnos que ese era su trabajo y que le encantaba pero que lo hacía por dinero también fue elegante, amable y sobre todo persuasivo. Explicó que en su opinión el show valía al menos 5 libras. En mi opinión, mucho menos humilde que la suya, el show vale mucho más. Yo le di diez, pero sin duda habría pagado 20 para verle.

Le di mi billete, le hice una foto consentida (tras el reportaje de unas 100 durante el espectáculo) y me habría encantado tomarme mi última media pinta de este año con él, pero no me atreví a proponérselo. A cambio me tomé un zumo de mango y fruta de la pasión en un Café Nero y me vapuleé por cobarde. Porque me habría encantado hablar con él, que me contara de qué manera un niño inglés se convierte en un fakir punk –o heavy-, cómo se las ha apañado para que le invitaran al festival de cine de Cannes, le habría hecho muchas más fotos y, sobre todo, le habría conocido un poco mejor y, estoy segura, habría hecho un amigo nuevo.

Estas vacaciones en Londres me han servido para muchas cosas. Soy más valiente, más independiente y más libre que hace meses, no digamos que hace años :) Pero sigue habiendo barreras que no me atrevo a cruzar.



Espero cruzarlas en algún momento y hacer fotos en primer plano y cambiar el cartón piedra por carne y sudor.


1 comentario:

  1. Alicia, me ha encantado tu entrada. Me encanta leerte. Es como haber estado allí pero no viendo las cosas desde mi cabeza sino desde la tuya, que es tan distinta a la mía. Me abres un universo diferente por tu visión de las cosas. Gracias. (Me dejas un poco con ganas de llorar también casi siempre, no sé porqué será eso, qué cosas).

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