sábado, 27 de agosto de 2011

EL león Melquiades viaja en Seat

Hoy, a las siete de la mañana, hora canaria, ha muerto mi tío, el hermano de mi madre. Ha sido un día duro, pero la memoria da vueltas extrañas y me ha traído recuerdos bonitos y me ha reconciliado conmigo y con otros.

Mi tío, que heredó de mi abuelo la responsabilidad de no cometer sus errores, fue un hombre estricto al que quise mucho de pequeña, a quien también temí y ante quien solía sentirme un poco tonta, intimidada.

Recuerdo el piso de mis tíos en Tui,  un comedor en el que había una mesa gigante de madera oscura. Al menos la recuerdo muy grande, aunque, claro, yo era muy pequeña. Él se sentaba de espaldas al cuarto de los cacharros, con el bastón siempre a mano. Cuando le conocí, cuando tuve edad para conocerle, aún se movía. Lo hacía con mucho trabajo; pero con el bastón y la ayuda de los muebles y las paredes podía llegar al cuarto de baño o a su cama. Mi madre me cuenta que fue él quien me enseñó a pisar charcos, fui su primera sobrina, pero de eso no tengo memoria. La tengo de él pegado a diferentes sillas, perdiendo gradualmente la movilidad pero no el sentido del humor ni la mala leche. Una mala leche muy Gil, muy nuestra. Una mala leche que le convenció para no ascender en la Policía Nacional porque no se fiaba de su modo de ejercer la autoridad.



Mis tíos, mi tío, conducía un Seat Milquinientos. En el salpicadero el nombre del coche estaba escrito con unas letras muy extrañas y yo siempre leía Melquiades. Fue mucho después que supe que allí ponía mil quinientos. En mi cabeza de niña no cabía que mil quinientos pudiese escribirse junto e imagino que busqué dentro de mi círculo de referencia, una palabra que cupiese en aquella grafía. Debo decir no obstante que nunca terminó de cuadrarme. Y me sonrío mientras pienso que en realidad no aprendí hasta casi los 22 años a hacerme trampas a mí misma.



A mí me parecía un coche de lujo asiático. Mi padre conducía un Seat también, un 127; y en nuestro piso, que también era una planta baja, no había cuarto de los cacharros, la cocina no estaba separada del comedor y nuestro salón era muy pequeño. Por no hablar de nuestro cuarto de baño, que tenía una ventana de madera, de las que se subían hasta la mitad y que daba a un patio pequeño y oscuro que ni siquiera era un patio, sino el callejón donde el lateral de nuestro edificio enfrentaba el lateral del edificio colindante. Era un cuarto de baño que no tenía bidé, ni siquiera una bañera completa, sino media bañera de aquellas con una especie de escalón para sentarse. Sospecho que mi madre no se dio un baño hasta que la riada de 1983 nos hizo cambiar de piso, de pueblo y de vida.

En cambio el cuarto de baño de mis tíos en Galicia tenía una bañera entera muy grande, pantagruélica, muchísima luz, vistas al campo verde gallego y no estoy segura de si una o dos ventanas.

La fachada de la entrada contaba con una acera muy estrecha y una carretera que conectaba España con Portugal, siempre llena de coches, en perpetua caravana. Del otro lado, donde estaba el baño, el edificio aún tenía un piso inferior y bajo las ventanas se veían tejas. Así que desde el baño de mis  tíos y desde el salón se veían los prados y un tejado que casi se podía tocar con las manos. No diría yo que mi obsesión por los áticos no haya nacido en aquella planta baja.

Yo creía que mis tíos eran ricos, con aquel baño y aquel coche inmensos y el tejado y la cercanía a Portugal, que era claramente el extranjero y yo no podía entrar porque no tenía DNI. El coche además era bicolor ¡Bicolor! ¡Ja! El colmo del lujo y la sofisticación. Años después supe que tampoco era exactamente un coche bicolor, sino que habían tenido que cambiarle una puerta y no había dinero para la pintura. Aún así era un coche genial. Los cinco primos cabíamos detrás. Mi hermana y mi primo eran tan pequeños y tan delgados que debían de viajar en el regazo de alguien (las sillas de bebé no se habían ni proyectado), posiblemente de mi abuela, que siempre estaba con nosotros.

Mis tíos nunca fueron ricos, claro. Ni mis padres. Pero pasamos juntos muy buenos ratos. Ellos, los mayores, por su lado y nosotros, los pequeños, por el nuestro. En ese piso jugué con centollas y nécoras que comí después, vi mi único ciempiés, jugué con mis primeros tacones, me creció la conciencia ecológica con una película de Regaliz, me bañé en el río, vi mi primera catedral, leí bolsas y bolsas de Don Mickeys y seguro que aprendí miles de cosas de las que aún no soy consciente. Una de mis primeras metáforas nació allí, sí. Allí aprendí que una fila eterna de coches que no se mueven puede ser comparada con una serpiente y dejar de llamarse atasco para convertirse en La Bicha.

Llevo años diciendo que yo no tengo una familia, pero no es cierto. Ha tenido que morir mi tío, el queridísimo hermano de mi madre, para que me de cuenta de que claro que tengo una familia y que sí, nos hemos hecho daño, pero nos hemos querido mucho. Muchísimo.

Hoy tengo un cúmulo de lágrimas que me están haciendo polvo la cara, pero muchos más recuerdos felices que ayer.

Y es que es verdad, lo he dicho muchas veces y hoy me lo han dicho a mí: después de cada final hay un nuevo comienzo.

Muchas gracias a todos. Hoy más VIPs que nunca.

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