martes, 26 de julio de 2011

Súbditos



Monarquía y dignidad.

Esas cosas extrañas se mascaban ayer por muros ajenos. Al parecer no es una buena cosa que haya que obtener la aprobación de un rey para hacer efectiva una solicitud de nacionalidad. Y no es buena cosa porque eso atenta contra la dignidad del solicitante.

Luego hay otra cosa que no sé si es pero también parece. Parece que si uno solicita una ciudadanía diferente de aquella que le corresponde por lugar de nacimiento está traicionando a ésta.

Recuerdo estudiar derecho político el primer año de carrera. El profesor era exigente como él solo, pero también era un buen profesor. Con él aprendí –otros aprendieron otras cosas- que existen los estados, sí, pero no existen las naciones.

Nación, en sentido estricto, tiene dos acepciones: la nación política, en el ámbito jurídico-político es un sujeto político en el que reside la soberanía constituyente de un estado; la nación cultural, concepto socio-ideológico, se puede definir a grandes rasgos, como una comunidad humana con ciertas características culturales comunes, a las que se dota de un sentido ético-político.

Es este segundo significado de nación el que no me convence. Una nación-estado se define a través de sus fronteras, principalmente. Y de su forma de gobierno, claro. Una nación-cultura es un concepto, es una idea. Y es el opio del pueblo tanto como lo es la religión o cualquier otro puñado de axiomas.

Las naciones (de aquí en adelante nación es nación-cultura) se identifican a sí mismas mucho más por las diferencias con otras naciones que por las semejanzas reales de sus miembros. España, por ejemplo, es ese lugar donde todos por igual somos diferentes de los chovinistas franceses, los cuadriculados alemanes y los flemáticos ingleses. Visto así, lo mismo da un murciano que un gallego o un andaluz que un asturiano. Se sobreentiende que el sentimiento nacional español es el mismo en un señor de León que en un señor de Valencia.

Luego uno se encuentra con la rivalidad entre sevillanos y malagueños y se plantea si es que España a lo mejor no es ni una, ni grande ni libre. No hablemos ya de la tirria entre escoceses e ingleses porque a lo mejor el reino no está tan unido…

La cuestión de todas formas va más allá de si la nación existe o no. Yo creo que no existe, pero sí que tengo alguna clase de sentimiento nacional. Es decir, me encanta ser descendiente de gentes que constituyeron un impero en el que nunca se ponía el sol. Es una idiotez suprema, pero me gusta. Me gusta que gane la selección española y me gusta que Letizia Ortiz sea la mejor vestida en un evento porque me siento bien representada. Me encanta que Nadal gane Wimbledon también. De hecho eso me gusta mucho.

Sin embargo no me siento súbdita de Juan Carlos y Sofía. No siento que tenga un deber para con ellos –ni para con sus hijos y sus nietos-. Están ahí, son la monarquía que nos representa pero carecen de atribuciones de gobierno. No tienen ningún poder de decisión y sí, tienen asignada una partida de los presupuestos del estado que posiblemente estaría mejor empleada en políticas sociales o creación de empleo, pero eso no afecta a mi sentimiento de súbdita.

Si se me plantease la posibilidad de solicitar la ciudadanía australiana la solicitaría. Y si pudiera cambiar de de ciudadanía cada cierto tiempo lo haría. Creo que si una persona puede viajar a cualquier país y mientras está en ese país debe cumplir con las mismas obligaciones que los ciudadanos del mismo, también debería gozar de sus derechos.

¿Conclusiones? Ninguna. De hecho tengo alguna pregunta más que cuando empecé a escribir hace un rato. Sobre todo no dejo de darle vueltas al hecho de que los nacionalismos no dan de comer a nadie, pero hay mucha gente que se siente ofendida por un quítame allá esas pajas nacionalistas.

No sé.

A mí, que siendo vallisoletana he vivido mil años en Euskadi no me merecen la pena estas disquisiciones. Mi identidad no se resiente por vitorear una bandera u otra.

A lo mejor, y lo digo con la boca pequeña y cierta humildad, es que creo de verdad que somos todos iguales, que da lo mismo dónde hayamos nacido. Si somos todos seres humanos ¿qué más dan los colores?

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